Casa Rural

Abrió una vez más el folleto de la agencia de viajes: casas rurales. Si quiere unas vacaciones diferentes, lejos de la rutina en que se ha convertido su vida, llámenos. Tenemos lo que usted desea.
- Venía por este anuncio. Precios, duración, medios de transporte, servicios. En fin un poco más de información.
El hombre calvo y sudoroso embutido en un traje de color beis le miró detrás de la montura de sus gafas.
- Tenemos dos modalidades: casas rurales para descansar, para olvidarse del trabajo, de los humos y de la mala leche que se gasta en la ciudad. Otra para los que les gusta el riesgo: deportes, aventuras, y diversas actividades con el peligro controlado. Si quiere tener que afrontar decisiones difíciles, librarse de los miedos. Ha llegado al lugar adecuado. Quince días de experiencias de riesgo no muy lejos de Madrid. Lo que a un joven le gusta: dar un salto, superar el aburrimiento, volver con algo nuevo.
- Bien, parece que me va a interesar, pero quisiera algo más. En fin que me aclarara en que consisten las actividades.
- Un pueblo de la montaña abandonado, donde va a pasar todo tipo de aventuras, organizado por nuestra agencia, parte de la aventura consiste en ignorar los pormenores de cada día. Si no, no estaríamos ante un viaje hacia lo desconocido que como ve en el folleto es como se titula la semana.
Gómez volvió a mirar al folleto. En efecto, la revista traía en el interior: dos semanas de aventuras. Viaje a lo desconocido, la gran oportunidad de su vida.
- Pero no me podría informar algo más - pudo decir con una sonrisa, pidiendo casi por favor.
- Por supuesto, la filosofía de nuestra agencia es todo al servicio del cliente. Le voy a dar la información que necesita: un pueblo en la montaña, habitado por unos pocos ganaderos, en medio de un paisaje bellísimo, sin turismo de masas y a escasos metros de uno de los últimos bosques que quedan en el país. La casa de campo, tiene todos los servicios que pueda imaginar y le aseguro que desde el principio estará envuelto en las actividades. Eso es lo que puedo decirle.
El gordo se calló durante unos segundos y alargando el cuello aproximó su cara, a la de Gómez.
- Se lo digo como un amigo, volverá nuevo, distinto, le cambiará la vida.

Había dejado el cartel de la desviación a unos cinco Kilómetros: Villagozuelos del Bosque y se encontraba delante de la fachada de la que iba a ser la casa. Había obtenido una ampliación de dos a cuatro semanas argumentando que dos, no daban para profundizar en las experiencias si tan decisivas iban a ser. Lo había pensado como una estratagema para poder decir que lo dejaba pero ante su sorpresa, el gordo lo aceptó después de alabar la decisión tomada.
La casa de piedra, de dos pisos, se alzaba en el extremo del pueblo. No se veía a nadie por la calle y un aire fresco invitaba al recogimiento. Abrió la puerta principal. Un olor a humedad, a casa abandonada le recibió. Tenía un gran recibidor que daba a diferentes habitaciones y un salón en el que había un hogar con un leño crepitando dentro de él. Se notaba que había sido acondicionada para recibir a los forasteros. Todo estaba ordenado y limpio pero no se veía ni rastro de nadie que hubiera estado.
Metió la poca ropa que había traído para pasar el mes y la maleta de libros a los que pensaba dedicar la mayor parte del tiempo. Gómez había llegado a la conclusión de que las aventuras más extravagantes, arriesgadas y peligrosas, que estaba dispuesto a correr, eran las que salían de las páginas de un libro y si había acabado aceptando la propuesta de la agencia era más por la previsión de pasarse el mes, leyendo en un lugar tranquilo sin molestias de ninguna parte, que por las arriesgadas aventuras que se pudieran pasar en aquel lugar. Se dispuso a avivar el fuego de la chimenea con nuevos troncos que encontró en un cobertizo adosado a la casa. El olor de la leña quemada siempre le producía una cierta euforia porque le recordaba vagamente la casa del pueblo y por asociación el campo, la soledad, la aventura. En el piso superior un gran balcón se abría al paisaje de la montaña y al bosque que se iniciaba a pocos kilómetros de las últimas casas del pueblo. Respiró satisfecho pensando que había sido una buena elección haberle sacado al de la agencia un mes por el precio de dos semanas.
Unos golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento. Bajó para ver quien era y se encontró con una mujer de edad indefinida de rostro serio pero correcto.
- Soy Marta, la guardesa de la casa. Me pongo a su disposición. Cualquier necesidad de comida, arreglar algún desperfecto que encuentre, sólo tiene que comunicármelo y será solucionado. Vivo tras el puente del río, a unas manzanas de aquí.
- Pase, pase, no se quede en la puerta.
La mujer entró aceptando la invitación amable de Gómez
- No le quiero molestar. Si solicita algún guía para recorrer los alrededores lo puede tener a su disposición.
- Bueno creo que de momento no necesito nada. Me gusta el pueblo, creo que es un lugar tranquilo. Es usted la primera persona con la que hablo ¿hay muchos habitantes?
- Cómo Vd o como yo pocos - respondió enigmáticamente Marta - pero los suficientes para que no sea tan tranquilo como usted se imagina.
- Trátame de tú, Marta. Vamos a pasar unos cuantos días.
La mujer sonrió por primera vez.
- Le deseo una feliz y venturosa estancia en este lugar de soledad y tranquilidad.
Gómez se quedó un poco intrigado por aquella mujer. Parecía uno de los escasos habitantes que tenía el pueblo pero al mismo tiempo cultivaba una distancia que no respondía a lo que consideraba era el comportamiento habitual de una campesina o labriega.
El día era soleado y se dispuso a hacer el primer recorrido hasta la linde donde comenzaba el bosque. A pocos metros de la casa un camino iniciaba una suave ascensión y tras hacer una curva se plantaba cerca en los primeros árboles. Esperaba pasar unos cuántos días lejos de las calles de Madrid, del olor a gasolina, del tráfico. Un mes para olvidarse de la cara de Jiménez, de las voces, gritos y órdenes:
- ¡Gómez! El informe de la empresa lo quiero para ayer. Cómo se puede decir semejantes nimiedades en estas páginas. Pero usted quiere hundirnos o qué. No se da cuenta que en cuanto baje en un punto el número de clientes nos vamos a Eslovaquia y usted se queda en la calle y el país se va al carajo con esta nómina de gandules.
Un mes sin aguantar las comidas en la tasca de la Petronila ni las regañinas de la dueña de la pensión:
- A ver si paga que el mes ha vencido. Cada vez le veo más moroso y yo a los morosos les pongo de patitas en la calle. A no ser que el caballero esté dispuesto a pagar en especie. Pero pagar, por la hija de mi madre, vaya que si paga.
Gómez se encontraba satisfecho, reducidas al mínimo las necesidades, centradas sus intenciones en disfrutar de las sensaciones que le iban a producir el contacto con la naturaleza y con la lectura de la copiosa maleta de libros que había arrastrado.

Tumbado en el patio de la casa, se divisaban las montañas y la zona por donde el bosque se extendía. El sol acababa de meterse y una fresca brisa estremecía el cuerpo. Dejó el libro que estaba leyendo: las historias del hombre - lobo en la comarca del Guara. Y se quedaba con la mente en blanco preso de una satisfacción y descanso que le alimentaba y le permitía olvidarse de todas las tensiones.
Marta subía por el camino empedrado. Desde la posición en que se encontraba se divisaba la calle del pueblo y a todo el que pasara por allí.
Al principio no la reconoció, no iba vestida de negro como la primera vez. Iba a una fiesta, pensó.
- Hola señor Gómez - le saludó jovialmente.
- Hola Marta.
Si le había parecido una campesina con el rostro curtido por el aire del campo y con la seriedad de una persona ajetreada, ahora parecía la madrina de una boda o más bien la participante en un baile de disfraces. Llevaba un vestido de color rojo con la falda por encima de la rodilla, iba maquillada y con el pelo recogido en un moño. Resultaba sorprendente el cambio producido y Gómez se quedó mirando con un aire de interrogación contenido, esperando no ser indiscreto con su mirada.
- Vengo a invitarle a la fiesta, se celebra en las antiguas escuelas en el otro extremo del pueblo. Allí nos reunimos buena parte de los jóvenes de la comarca y algunos no tan jóvenes. Se celebra el día de la luna llena. Es una tradición que se remonta a varios siglos donde los hombres se disfrazan de lobos, otros de cazadores, campesinas y hombres - lobos. Se recuerda cuando por estos parajes según cuenta la tradición vagaban seres errabundos que se transformaban en la noche. Bueno ya sabe leyendas y tradiciones todo junto.
Había venido a descansar, a olvidarse del día a día de la ciudad, a dejarse adormecer por la suavidad de sonidos y aromas del campo, pero un vistazo a algunas de las costumbres de aquella zona no le iban a sacar de su tarea. Además estaba la recomendación del hombre de la agencia:
- Es un viaje a lo desconocido, volverá cambiado.
Le picaba la curiosidad de adentrarse en los desafíos que le aseguró tendría que enfrentar. Y estaba aquella mujer Marta que parecía ser la hermana de la del anterior día.
- ¿Lo organizan todos los años? ¿Forma parte de las actividades turísticas? - preguntó al fin más para mantener la conversación que porque necesitara completar la información.
- Ni mucho menos, son auténticas tradiciones, arraigadas en la tierra. Eso sí, sometidas a los naturales cambios que los tiempos exigen. Bueno ¿Podemos contar con usted Sr. Gómez o prefiere quedarse aquí? Además hoy hay luna llena, téngalo en cuenta.
Aceptó y Marta se alejó por la calle con el mismo aire de ligereza con el que llegó, lejos de la pesadez del día anterior. Seguía llamándole por el apellido, aunque le había comunicado que le tuteara, parecía que la rigidez oficial de la agencia de viajes se imponía a su interés en estrechar contactos.
Se hizo noche cerrada. El pueblo se sumergió en una oscuridad total, sólo rota por las escasas luces que bordeaban la calle principal. En el horizonte apareció una luna llena, roja como un queso gigantesco, que daba claridad a las calles, recortando las sombras de las casas cada vez más negras. La fiesta empezaba a las doce.
Era su segundo día de estancia en el pueblo y esperaba volver con las energías recuperadas. El año que comenzaba le exigía la preparación del examen que le permitiera ocupar la plaza a la que llevaba optando varios años. Las últimas oposiciones habían sido hace dos años. De perder esta oportunidad tendría que olvidarse de mejorar su situación y la cara de Jiménez, Asun y Prieto tomaban su expresión anodina de envidia, celos y miseria que le ahogaba.
Se acordó de Flora y aunque oficialmente habían roto, aún quedaban los rescoldos que le permitían imaginar la posibilidad de cambiar las tornas, de convencer con unas cuantas palabras en su momento justo y algún que otro gesto adecuado que lo mejor para los dos era volver a estar juntos. La fogosidad de Flora y el no tener las ideas claras le había apartado de ella.

A las doce de la noche, estaba delante de la puerta de las escuelas. Se había orientado por el rumor de música y murmullos más que por la luz. Las calles que conducían hasta allí estaban en una oscuridad total excepto en un cruce donde una amarillenta bombilla dejaba una círculo en el suelo que apenas alumbraba las piedras. Las ventanas estaban cerradas y por las rendijas mal ajustadas se dejaba pasar la luz del interior. Se abrió la puerta de golpe y apareció en el dintel recortada, Marta: la mujer de negro de la primera vez y de rojo la segunda. Llevaba un disfraz que asemejaba a una campesina de hace cincuenta años, moño recogido, pañuelo en la cabeza y traje que para sus conocimientos debía ser el de la comarca. Rompiendo con el conjunto aparecía una mujer maquillada con coloretes en los carrillos y unos labios pintados de un rojo excesivo. Como siempre que la veía le sorprendía por los cambios, por las apariencias. Si la primera vez le pareció el ama de llaves de una casona y la segunda una forastera haciendo turismo ahora no sabía si considerarla una persona ridícula con aquellos coloretes o simplemente como pensó, alguien que participa en un desfile de trajes regionales o baile de disfraces.
- Sr. Gómez, me alegro de que haya venido a la fiesta. Pase y participe.
Entró y quedó deslumbrado por la luz. Tardó unos segundos en adaptarse. Lo que vio le dejó perplejo. Lo que parecía ser el espacio de un aula escolar, estaba lleno. No menos de treinta personas estaban hablando, bebiendo y algunos bailando al ritmo de una música que si desde fuera sólo se percibía un murmullo, dentro a Gómez le recordaba el ensordecedor ruido de una discoteca.
Enseguida su acompañante Marta le hablaba a gritos.
- Voy a presentarle ¿cómo quiere que le llamemos aquí? Tiene que elegir un nombre. Aquí todos tenemos un apodo de animal o relacionado con la naturaleza y los pueblos que sólo lo utilizamos en las fiestas especiales y esta es una de ellas.
Sólo en aquel momento comprendió que todos los participantes iban vestidos de manera estrafalaria, lo que le hizo pensar que celebraban un baile de disfraces. La mayor parte estaban borrachos o por lo menos se movían como si estuvieran próximos a caerse en el suelo. Se llamaban unos a otros con cualquier palabra: cordero, comadreja, lobo, sauceda, hollín, cuadra, buitre, triguero, cabra, y otros que no pudo retener. Enseguida se vio en medio de un grupo que se movía al unísono, imitando lo que pensó que eran gritos de animales a su lado Marta seguía insistiendo.
- Elige unos de estos nombres: hurón, oveja, agua y estiércol ¿cuál prefieres?
Los hombres y mujeres agarrados por los hombros giraban y giraban, clavaban su mirada en Gómez y emitían lo que parecía ser una mezcla de gritos y bufidos, creando un ambiente frenético.
- Prefiero llamarme nube - pudo decir en el oído de Marta.
- No puedes, sólo puedes elegir entre lo que se te ha propuesto. Si no lo haces tú te lo pondremos nosotros. Es la costumbre.
Ante la posibilidad de que le apodaran oveja o estiércol se apresuró a gritar:
- ¡Hurón!
Desde aquel momento el Sr. Gómez que había venido a pasar unas vacaciones no convencionales que le transformaran, pasó a denominarse Hurón.

Desde el corral donde se había instalado se divisaban las alturas de la sierra de Guara. No tenía nada más que ponerse en pie para tener una panorámica completa. Así pudo ver como el vehículo todo terreno de la guardia civil se paraba en la puerta de los pastores, según le había informado Marta, y se bajaban dos miembros de la benemérita que después de esperar unos segundos pasaban al interior.
Dejó de curiosear y volvió a la lectura. Se había traído el temario de las oposiciones pero desde que había llegado no había abierto una sola hoja. El ambiente no ayudaba a centrarse en el análisis de las interacciones del derecho mercantil en la Roma del siglo IV. Estaba con una novela sobre el fenómeno de los hombres-lobos.
Al cabo de media hora notó que los guardias salían de la casa, acompañados por un hombre de baja estatura que recordaba vagamente haberlo visto en la fiesta, se dirigieron hacia donde estaba él.
- Buenos días Sr. Gómez, que tal lo está pasando. Perdone que le moleste pero aquí la autoridad quiere hacerle alguna pregunta. Es sobre mis ovejas, ya sabe que hemos encontrado varias muertas y estamos convencidos, que es obra de algún animal salvaje.
El mayor de la pareja, se llevó la mano a la gorra.
- Queríamos hacerle alguna pregunta si no le molesta. Usted lleva varios días aquí ¿ha visto algo extraño, algo que le ha llamado la atención?
No pudo dar ningún tipo de información, los guardias civiles insistieron en que informara de alguna cosa extraña o movimiento sospechoso que creyera advertir, además le aconsejaron que cerraran las puertas y ventanas.
- Como está tan oscuro, es para evitar que cualquier animal del campo, y aquí hay muchos más de lo que parece, se pueda meter y darle un susto.
También preguntaron por cuántos días iba a estar y las actividades por los alrededores del pueblo.
- Bueno, no queremos interrumpirle más. Ya sabe, cualquier cosa que le extrañe nos informa.

"En las noches de luna llena, el hombre común que durante el día es un pastor, apacienta sus ovejas y las lleva a los pastos donde se pueden alimentar, sufre una transformación que le hace abandonar su rebaño, perderse por el bosque y atacar a cualquier animal o humano que se cruce en el camino. Incluso no es extraño que vuelva sobre sus pasos y se cebe sobre los propios animales que había estado defendiendo hasta unas horas antes".
No pudo seguir leyendo, dejó el libro sobre la repisa. Un pensamiento no dejaba de incordiarle desde que la pareja de la guardia civil se había marchado: alguien, un animal por supuesto, había atacado el rebaño del pobre Felix, el hombre que acompañaba a los civiles, pero que el supiese no había lobos en aquella comarca ni ninguna otra bestia peligrosa que pudiera amenazar a unas ovejas. A lo mejor no había entendido la información y habían encontrado alguna oveja muerta porque se había despeñado o caído en alguna trampa.
El sol estaba poniéndose y a esa hora, era tradición en todos los pueblos salir a dar un paseo. Incluso podría ser que se encontrara con algunos de los invitados de la fiesta, porque aunque no fueran del pueblo, lo lógico es que se hubieran quedado varios días. La carretera se dirigía hacia el bosque para posteriormente discurrir paralela. Hacia allí se dirigió Gómez con la intención de encontrarse con alguno de los escasos residentes del pueblo y trabar conversación sobre los últimos acontecimientos. Al cabo de dos horas se encontró a pocos metros del comienzo. No había encontrado a nadie en el camino y aunque estaba oscureciendo, se introdujo en él. Pensó que no había sido una buena idea, en cuánto avanzó unos metros la oscuridad se hizo casi total, los árboles impedían el paso de la escasa luz. Se disponía a volver cuando un ruido de ramas moviéndose le sobresaltó: la figura de un animal saltando apenas pudo ser entrevista, un sonido onomatopéyico se escapó de aquella garganta a medida que se alejaba a la carrera. Por unos instantes creyó entrever las facciones del animal. Enseguida pensó que la escasa luz que había le estaba jugando una mala pasada: le había recordado el rostro de Marta, un rostro contraído en una expresión de ira feroz con algo siniestro. Como no podía ser, pensó que se estaba encaprichando con aquella mujer, algo por otro lado no tan extraño pues era la única persona con la que había tenido trato desde que llegó con la excepción de los que vio en la fiesta. Regresó inmediatamente al pueblo, como no se había alejado demasiados metros de la linde, pudo encontrar la carretera y regresar sin problemas.
Durante todo el recorrido estuvo pensando en lo extraña que era aquella mujer y en que no podía dejar de reconocer que le estaba impresionando hasta el punto de haber imaginado que se encontraba en el bosque desnuda... sí, ahora pensaba que aquel animal estaba sin ropa, claro no iba a llevar pantalones, y le había puesto las facciones de Marta.
Al llegar a la casa recordó las instrucciones de la pareja de la Guardia Civil y atrancó puertas y ventanas. Se rió para sus adentros con cierta complacencia: se estaba dejando llevar por el ambiente solitario del pueblo y por las lecturas traídas. Salió al cobertizo por unos buenos trozos de leña y avivó la lumbre. Decididamente los temas de las oposiciones quedaban relegados para otro momento. Siguió con la lectura de la novela:
"Convertido en una bestia, vaga por las soledades del bosque. Tiene especial predilección por los animales más indefensos e inocentes como las ovejas y también las jóvenes doncellas que se pierden, o que atraídas por su aullido lastimero se adentran en la oscuridad. Entonces salta sobre ellas y las despoja de la vida satisfaciendo sus naturales instintos".
Un ruido en el exterior sacó a Gómez de su lectura, había sonado por el cobertizo donde se guardaba la leña. Se levantó y abrió despacio la puerta intentando descubrir algo extraño. Todo estaba en su sitio el cobertizo se recortaba contra la claridad de la noche. Salió unos metros delante de la puerta y ya se volvía, cuando creyó entrever una sombra negra, rauda y veloz con el rabillo izquierdo. Enseguida pensó en uno de los innumerables gatos que había visto pululando por la mañana. Volvió a entrar y se sentó delante del fuego, removió las brasas. El calor del hogar le producía un estado de somnolencia. Dejó definitivamente la novela y se arrellanó en el sillón. Se vio pensando en la fiesta, la verdad es que casi no se acordaba de nada, le pareció que todos estaban más o menos borrachos y aunque no recuerda que perdiera el conocimiento en ningún momento, todo era confuso: ruido, bailes, gritos y rostros que estaban contraídos por el esfuerzo y por los efectos de la borrachera. Incluso el rostro de Marta no parecía el de la mujer seria y circunspecta que se había puesto a su disposición el primer día, ni la mujer atractiva, delicada y joven que le había invitado a la fiesta sino la de una persona que dirigía, imponía su criterio y estaba al borde de un ataque por la violencia de los ejercicios a los que se entregaba en el baile. Creyó recordar que estuvieron durante horas girando y girando, sólo interrumpían la danza para beber de una jarra que quien hacía de camarero iba pasando entre todos los presentes. A medida que bailaban iban ganando en velocidad y de las gargantas de aquellos hombres y mujeres salían gritos, palabras, onomatopeyas y cualquier sonido extraño que pudiera imaginarse. De repente Gómez se despertó completamente, había recordado una escena, en algún momento el grupo se paró y Marta con el rostro contraído en una mueca emitió un aullido que le dejó helado, paralizado con una sensación de miedo, pavor, que se coló por sus huesos. Después no recordaba más, como si todo se hubiera borrado o se hubiera desmayado. No se acuerda de cómo regresó a casa. Cuando despertó en la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana y un pequeño dolor de cabeza que tenía lo asoció a los excesos de bebida de la noche anterior. No recordaba haber hablado con nadie más, sólo el aullido de aquella mujer estaba presente en su memoria.
Apenas se había levantado sonó el móvil, era el gordo de la agencia que le anunciaba una visita para ese mismo día para ver como le iba y ponerse a su disposición por si quería alguna cosa. No sabiendo a que dedicar el tiempo y ya sin ningún interés por las oposiciones, decidió hacer una pequeña excursión hasta donde el río hacía una presa entre piedras donde poder refrescarse. A la tarde volvería a ir a las escuelas a ver si podía hablar con aquella mujer. Iba a pedir que le cambiara la ropa de cama y la mesa. Cada vez le resultaba más extraña. Al llegar al río se despojó de la ropa y se metió en el agua. Le cubría hasta la cintura y para sentir todo el cuerpo se tumbó dentro. Recordó la novela que estaba leyendo: "al acabar la noche el hombre lobo vuelve a ser normal. Para acelerar esta transformación a la condición humana es muy adecuado sumergirle en una corriente helada de agua, porque contribuye a que gane consistencia y los rasgos más bestiales desaparezcan cuánto antes, igualmente si le sorprendemos en el momento de la transformación inversa, sumergirle en un tonel, recipiente o río contribuye al mantenimiento de su condición humana pues estos seres huyen del agua como del fuego y llevar una bolsa llena, más si es agua bendita, es la mejor arma para defenderse".

Gordo y calvo como en la agencia, más bien bajo, algo que no había podido observar hasta ahora. Sin corbata, con una camisa de flores y colores chillones, pantalones cortos y unas gafas oscuras, semejaba un turista perdido al que sólo le faltaba la cámara de fotos.
- Señor Gómez le veo transformado, qué color, cómo se le nota la vida que lleva descansada, sin estrés, la plaga de nuestra época, el mal que nos va a matar si le dejamos.
Saludaba ruidosamente sin dejar contestar, gesticulando, agarrando el brazo con las dos manos sacudiéndote en un intento de transmitir no sé qué entusiasmo, o alegría oficial que se supone había alcanzado por estar simplemente ahí. Estaba acompañado de Marta que se mantenía en un segundo plano. Vestida con unos pantalones y una camisa blanca, recogida el pelo, asistía muda a la conversación.
Estaba en los salones del ayuntamiento-escuela sentados en sendos sillones tras una mesa en la que se amontonaban diversos papeles.
- He venido para ver cómo se encuentra y si tiene alguna necesidad solucionarlo. Aunque ya supongo que sabiendo que está en las manos de nuestra mejor colaboradora - dijo dirigiendo su mirada a Marta - no creo que tenga muchos problemas sin resolver ¿qué me cuenta de su estancia?
- Se está tranquilo, el paisaje es de lo más acogedor y la casa antigua es una buena madriguera para descansar.
- Ya sabía que estaría como en la gloria. Le propongo, mejor dicho le invito a comer y además no acepto excusas. Marta nos va a preparar un banquete con carne de jabalí y de otros animales de la zona, aliñado al gusto de la comarca de Guara. Regado por unos caldos de la zona exquisitos que nos traspone a estados de conciencia y sentimientos no habituales para el común de los mortales.
A las tres de la tarde se encontraban en otra de las casas del pueblo preparando un asado de lo que parecía ser un cuarto de jabalí cazado recientemente con otros trozos de carne que no pudo reconocer aderezado de verduras a modo de guarnición. Mientras Marta se entregaba a los preparativos Gómez y el hombre de la agencia se acercaron a la bodega del pueblo para elegir las botellas de vino.
Estaba alumbrada por media docena de bombillas que producían un conjunto de claros y sombras en un ambiente de frescor que contrastaba con el calor de unos metros más arriba.
- ¿Qué le parece esa mujer, amigo? - dijo en un tono susurrante al mismo tiempo que miraba a un lado y a otro para cerciorarse de que nadie les oía.
Gómez quedo sorprendido. El agente de viajes se transformaba en un colega que se dedica a cotillear sobre la primera mujer que se les ha cruzado después haber hecho el servicio militar o acabado una travesía marítima o del desierto.
- Una mujer extraordinaria, impresionante, arrebatadora pero eso sí: ¡cuidado, amigo! Mucho cuidado con ella - continuó - es especial, es más tengo la impresión y se lo digo como un amigo, puede ser peligrosa.
Bajaba aún más el tono de la voz como si estuviera contando un secreto.
Gómez se quedó mirándole de hito en hito, intentando adivinar que quería decir. Enseguida el gordo cambió la seriedad de su cara y soltó una carcajada, a lo que se vio obligado Gómez a acompañar con una sonrisa cómplice.
- Es la influencia de este vino - afirmó el de la agencia - sabe que el olorcillo de las bodegas ya marea a más de un adicto a los honores de Baco.
Cuando regresaron cargados con cinco botellas de vino, gran reserva, el asado continuaba haciéndose en el horno.
- Ahora salgo, estoy en la ducha - la voz de Marta les avisaba que esperaran.
Para llenar el tiempo abrieron una de las botellas y empezaron a saborear el vino. El gordo también se las daba de experto en caldos, como en casi todo de lo que hablaban. Adoptó una actitud de seriedad, enmudeció, descorchó y durante largos segundos estuvo oliendo y pegando pequeños sorbitos mientras se apresuraba a dictaminar sobre sus cualidades.
- Afrutado, sabor de arándanos y ciruelas negras, con un toque de vegetales de la tierra de raíces profundas, que penetran y penetran, agarrando el suelo del que sólo se les puede separar si se les corta, si se les mata. Olor a roble u otra madera noble que le da un sabor de barco lanzado en medio de los mares, abofeteado por los vientos, pero manteniendo el control y el timón en la dirección correcta. Prueba Gómez, pero paladeando, sin prisas, captando el último sabor antes de difuminarse, ese es el bueno. Después un trago más fuerte y largo, como un golpe, para sentir el empujón, la fuerza que arrastra, que nos pone el alma en posición de combate. Así es como hay que beber.
Estaban probando el vino entre exclamaciones de aprobación, cuando hizo su aparición Marta.
Recién salida del agua con un vestido de flores que dejaba al aire sus hombros y la espalda, recogió inmediatamente la atención de los dos hombres que pararon el trasiego del líquido para quedarse inmóviles contemplando a la mujer.
- Maravillosa, bellísima, como Venus saliendo de las aguas - el gordo avanzaba al encuentro de Marta, ofreciendo la copa de vino - amigo Gómez, no me podrá usted negar que mi más cercana colaboradora, no está poseída de una belleza arrebatadora.
- No se exceda en sus elogios, amigo Jonás, el señor Gómez no tiene por qué compartir su exagerada verborrea - dijo Marta con una sonrisa.
Había que fastidiarse, así que el tipo aquel se llamaba Jonás, gordo, calvo y ridículo, con un olor de pies y sobaquina, en cuanto empezaba sudar, que haría las delicias de los representantes de las compañías de desodorantes y sin embargo le trataba por el nombre de pila como si se conocieran de toda la vida. Mientras que después de los cinco días que llevaban allí, él seguía siendo el Señor Gómez.
El gordo continuaba su acoso a la fortaleza que esperaba conquistar, revoloteando, emitiendo extraños gorgoritos y trastabilleando con la lengua y con los pies fruto de los efectos de la botella de vino que ya estaba vacía. Se pusieron a devorar el asado de jabalí mientras una segunda botella empezó a vaciarse entre las copas.
Viendo Gómez que el gordo aproximaba sus posiciones a la mujer y sintiendo que no pintaba nada en aquella reunión, argumentó una disculpa, necesidad de retirarse a sus aposentos y dejó a la pareja que ultimara los restos de la comida y de las botellas.

Había tomado la costumbre de dirigirse todas las tardes al río para sumergirse en el frescor de las aguas, después de varios minutos, regresaba al pueblo. Caminaba por la calle empedrada en dirección al agua, en el momento en que salía de la casa del pastor Felix, un sacerdote vestido con sotana. En pocas ocasiones recordaba haber visto a un religioso de esa guisa. Como no tenían más remedio que cruzarse se dirigió amablemente a saludar a aquel hombre. Tendría unos setenta y cinco años con el rostro cubierto de arrugas, la espalda encorvada y una expresión de seriedad y preocupación emanando de sus ojos. Había en aquella figura algo que le resultaba familiar, un recuerdo de su infancia, como si le hubiera visto en una ocasión anterior.
- Buenas tardes padre - se dirigió amablemente al sacerdote.
Este levantó la mirada.
- Es usted nuevo ¿está pasando unos días en Villagozuelos?
- Un mes. Veo que es uno de los pocos habitantes que hay aquí.
- Sólo estoy de paso, he venido a dar la extremaunción a uno de mis antiguos feligreses, el pastor Félix.
- ¿Tan mal se encuentra?
El rostro del anciano clavó su mirada en Gómez como si intentara adivinar algún secreto escondido detrás de la cara.
- No creo que dure muchos días, ha entrado el mal en esta casa, como entonces.
- Hace unos días le vi acompañado de la Guardia Civil y no parece que estuviera tan enfermo.
- ¿Qué sabe usted de lo que investigaba?
- Creo que habían encontrado una oveja muerta, atacada por un animal.
- Sí, la bestia está suelta. Creo que me voy a recoger unos minutos en la iglesia para rezar, en estos momentos es lo único que se puede hacer.
Comenzó a volverse pero se paró un momento mirándole a la cara.
- Usted debería regresar a casa antes de que se haga noche cerrada y atrancar puertas y ventanas.

Al llegar la noche, echó varios leños en el fuego, cerró como le habían dicho el cura y la Guardia Civil. Al mismo tiempo no dejaba de pensar en los encuentros tenidos: vaya vacaciones donde todas las autoridades civiles y religiosas el primer consejo que te dan es el de atrancarte en tu propia casa. Aquí hay algo que no me gusta.
Se arrellanó en el sillón enfrente del fuego y se dispuso a leer su novela favorita:
" Una lucha sorda se libra entre las dos partes del hombre alobado. Sobre todo al llegar la oscuridad, la parte animal se revela contra la represión a la que ha sido sometido por la inteligencia y la razón y pugna por liberarse. Si durante el día ha mortificado sus apetencias es posible que venza la parte humana pero si es débil de carácter, la oscuridad le pilla en campo abierto y brilla la luna llena sobre su cabeza, la bestia se siente libre y se enseñorea de todo el ser".
Unos golpes en la puerta interrumpieron su lectura. No esperaba a nadie a aquellas horas. Se detuvo unos momentos escuchando y los golpes se volvieron a repetir más enérgicos.
- Abra soy yo, necesito hablar con usted
Era la voz inconfundible del hombre de la agencia. Abrió el portón y le encontró enfrente tambaleándose en un estado que le pareció lamentable: la camisa desabrochada, el pelo revuelto y una expresión en el rostro de horror. Temblaba de la cabeza a los pies y apenas articulaba palabras, sin ser capaz de fijar la mirada en nada en concreto. El olor a vino que despedía echaba para atrás a cualquiera que se acercara. Gómez pensó, que la fiesta que había dejado haría seis horas, había acabado en una borrachera y en el estado que reflejaba aquel gordo. Le ayudó a entrar, sosteniendo el corpachón de aquel hombre: olía a orines y excrementos. Según le ayudaba a sostenerse hasta llegar a la cama se dio cuenta que se había meado y cagado. Cuando por fin se quedó mirando a Gómez, al mismo tiempo que le sujetaba nerviosamente empezó a balbucear frases sin sentido: esa mujer, es... es... un monstruo, hay que tener cuidado... Gómez, es...
De repente se quedó callado y mirando hacia los lados emitió un sonido de animal herido y cayó desmayado en la cama.
Se asustó, su primer impulso fue acudir en pos de Marta para avisar al médico. Mientras dudaba que hacer empezó a escuchar el ronquido de Jonás y la calma volvió al ánimo de Gómez: estaba durmiendo la borrachera, lo mejor dejarle y ya se despertará mañana, eso sí, iba aprovechar las molestias que le estaba produciendo para sacarle otra semana de vacaciones gratis. El no había venido a aguantar las vomitonas de ningún obeso y salido que en cuánto veía unas faldas se ponía en estado de erección perpetua y empezaba desbarrar con historias de mujeres fatales.
Cómo no estaba dispuesto a dormir en la misma habitación se preparó en el piso de arriba una cama con un colchón encontrado en el sobrao y se dispuso a dormir pensando en la explicación que le iba a pedir a la mañana siguiente.
Habría dormido seis o siete horas, ya empezaba a verse la claridad del día, cuando escuchó el ruido de un hombre que se pone en pie y la puerta al cerrase. El gordo se había despertado y había abandonado la casa con la intención de asearse y, esperaba Gómez, darle una explicación de su comportamiento.

El padre Antonio, como siempre que aparecía por Villagozuelos, ya sea para asistir algún feligrés o para algún acto de culto cada vez más escasos, pasaba por la antigua casa parroquial, adosada a la iglesia y aprovechaba para limpiar, colocar y revisar los libros y documentos que aún se mantenían y que el paso del tiempo estaba empezando a deteriorar. Durante treinta y nueve años había sido el párroco del pueblo hasta que la emigración dejó reducida la población permanente, a unas pocas familias de pastores que tenían ovejas y a los turistas o antiguos dueños que mantenían las casas para usarlas durante el buen tiempo. En el momento actual, ya jubilado de su ministerio sacerdotal, dejaba pasar el tiempo en la residencia de sacerdotes de la capital pero siempre que podía y si alguien le necesitaba hacía una escapada a su antigua parroquia. Allí además de consolar y atender a sus antiguos feligreses, gente mayor como él, limpiaba la iglesia y la casa y se entretenía en ordenar libros y papeles que aún conservaba.
Unos golpes en la puerta le sacaron de la lectura de su breviario y antes de bajar las escaleras para abrir decidió echar un vistazo a ver quien era el intruso que interrumpía sus momentos de meditación. Miró por la ventana y vio al turista con el que se había cruzado el día anterior.
- Ya están aquí los turistas, la gente más insustancial que esta sociedad materialista, de consumo como dicen ahora, ha creado.
Estuvo a punto de cerrar discretamente la ventana y hacerse el sordo, pero se dio cuenta de que miraba hacia arriba y no podía fingir que la casa estuviera deshabitada.
Murmurando sus jaculatorias bajó por la escalera esperando sacudirse aquel intruso lo antes posible.
- Santo fuerte, santo inmortal, libradnos señor de todo mal, santo fuerte, santo inmortal, libradnos señor de todo mal.
Descorrió el pestillo y abrió la hoja de pesada madera.
- Y bien hijo ¿alguna necesidad, urgente?
- He visto luz y quería hablar con usted quería preguntarle por el pastor Félix que visitó ayer para que me informase. Le vi el otro muy preocupado y quería saber si pasa algo extraordinario.
El padre Antonio miró de arriba a bajo con gesto contrariado a aquel sujeto. Otro que quería cotillear. Por lo visto no tienen suficiente con la basura de la televisión y después de buscarse un pueblo semiabandonado para no ser molestado, se sentía con la obligación de preguntar por un pastor que maldita cosa le importaba. He aquí los ejemplares de la nueva sociedad. Sin disciplina, ahítos de comodidades, comida y carne, se retiraban del mundanal ruido durantes unos días para volver con más bríos a fornicar y a entregarse a los placeres de sus más bajos instintos. Se quedaba con las ganas de mandarle con santas pascuas y darle con la puerta en las narices. Pero el individuo no se iba.
- Sólo serán unos momentos, no quiero molestarle, como conozco a poca gente y tengo la sensación de que pasan cosas extrañas, pues había pensado que podríamos hablar.
- Bueno hijo, aunque usted me vea viejo y chocho o precisamente por eso no tengo mucho tiempo para perder, así que cuánto antes empecemos antes acabamos ¿su nombre es...?
Dudó por unos instantes si decirle su nombre de pila, pero como desde que pisó por aquel pueblo era el señor Gómez para todos, después de una ligera vacilación dijo:
- El señor Gómez, así me conocen aquí.
- Pase Señor Gómez, pase.
Se aposentaron en sendos sillones ante una camilla, en una habitación que debía hacer las funciones de la biblioteca. Las paredes estaban ocupadas por armarios de puertas de cristal, en los cuales se veían cuidadosamente colocados volúmenes y libros de todo tipo.
- El día que nos cruzamos, usted me recomendó que por la noche cerrara puertas y ventanas, era lo que pocos días antes la Guardia Civil me había recomendado. No sé por qué todos están empeñados en lo mismo. Este es un pueblo de lo más tranquilo.
- Sr. Gómez no es que estemos empeñados en fastidiarle las vacaciones, usted puede hacer lo que quiera, pero ya sabe las noches despejadas de luna llena suele hacer mucho frío en esta comarca.
- Si sólo es eso, veo muy consideradas a las autoridades de este pueblo. Pensé que podía ser porque hay un animal suelto que ha matado varias ovejas y podría darme un susto.
- ¿Usted qué cree? - dijo el viejo sonriendo socarronamente - nos interesa la salud de nuestros turistas, es la primera industria de la nación, cómo no vamos a cuidarlo. Lo qué me parece raro es que venga a este pueblo perdido de la comarca del Guara y no a las playas a refrescar su cuerpo y alma.
- Buscaba paz y tranquilidad. Silencio y aventuras de riesgo según me prometió la agencia de turismo ¿Usted viene todos los veranos?
El cura se quedó en silencio durante unos segundos, mirándole fijamente.
- Yo no vengo, nunca me he ido. Este es mi pueblo, mi tierra. He sido sacerdote durante cerca de cuarenta años. Y conozco a mis feligreses como si fueran mis hijos. Tengo obligaciones con ellos. Por eso estoy, permanezco, aquí.
Gómez capto una cierta cólera en el rostro anguloso del clérigo. Por unos instantes los ojos brillaros prestos a fulminar al forastero, aquel consumidor de paz y tranquilidad, como de yogures o hamburguesas.
Un gesto tranquilizador, hizo su aparición inmediatamente.
- Amigo Gómez, no se preocupe. Si usted, se ajusta a su papel de turista podrá regresar a contar en la oficina lo relajado que se ha quedado en las vacaciones.
El cura hacía gestos de querer acabar la entrevista por lo que Gómez se apresuró a lanzar la pregunta que le había traído.
- Y el pastor Félix ¿qué tal se encuentra? Cuando yo le vi estaba bien.
- Mal, está agonizando.
- ¿Qué le pasó?
Don Antonio se echó para atrás en el sillón, inspiró fuertemente y mientras dejaba salir el aire comenzó a hablar despacio, midiendo cada palabra que salía de su boca.
- Pasarle, pasarle, pues no lo sé, eso se lo dirán los médicos. Lo único que sabemos es que había pasado una noche al raso, vigilando a sus ovejas. Ya sabe que se habían encontrado varias muertas. La familia viendo que no regresaba a la mañana siguiente, inquieta, salió a buscarle, encontrándole en un estado lamentable con los ojos extraviados y el raciocinio perdido. Deliraba, diciendo palabras inconexas, le metieron en la cama y su estado lejos de mejorar ha ido empeorando, hasta caer en un delirio continuo que alterna con estados de pérdida absoluta de conciencia. Lo curioso es que los médicos no le han encontrado ningún tipo de herida ni enfermedad. Sólo algunos arañazos propios de las zarzas y malezas del campo con las que tropezaba en su deambular errático.
- ¿Y usted, qué piensa que ha pasado, padre?
El sacerdote se levantó y mirando por la ventana, después de un largo silencio habló:
- Yo sólo pienso que existe el cielo y el infierno, este mundo y el otro, el bien y el mal, Dios y el demonio, el cuerpo con sus instintos animales y el alma con su deseo de liberación y de conocer a Dios; y en medio, el hombre, luchando para que la parte espiritual imponga su ley. Pero no siempre lo consigue.
El cura se volvió para mirar a Gómez que seguía sentado en el sillón. Continuó hablando.
- Y cuando no lo consigue, qué cree usted que pasa: la bestia sale a pasear por el campo. Bueno, no se preocupe ya sabe que los de los pueblos son muy anticuados. Si además somos curas, de los de antes, no se confunda; pues no decimos más que tonterías, que a una mente moderna como la suya no tiene nada que enseñar, como mucho algunas leyendas, relatos folclóricos, nada serio. Vd tranquilo, siga con sus vacaciones, liberándose del estrés y de la contaminación de la ciudad.

Se despidió del clérigo con la idea de que era un tipo especial, una de las últimas reliquias del pueblo, incómodo con los cambios que veía en la sociedad, donde su función quedaba cada vez más marginada. No era mucho lo que había averiguado y todo parecía tener una explicación bastante lógica: pasarse una noche a la intemperie, si encima eras una persona mayor, te puede dar un disgusto y no sería extraño que alguna enfermedad que ya tuviera se agudizara empujada por el estado en que se encontraba debido a la muerte de parte de sus ovejas. Volvió a la casa con la decisión de olvidarse de la gente del pueblo. No acostumbraba a inmiscuirse para nada en las actividades ni con la gente del lugar donde veraneaba. Como simple turista, sólo aspiraba a pasar unos días lejos de las rutinas a las que tenía que volver a entregarse en cuánto volviera a poner los pies en Madrid: le voy a pasar por las narices a Jiménez, sus estancias en Marbella de las que siempre se enorgullece "es el único sitio dónde se puede vivir" le parecía estar oyéndole; pues el tenía pueblo en la montaña con tipos sacados de los manuales de antropología como el viejo cura.
Le quedaba hacer una última visita a Marta, desde la comida no la había vuelto a ver ni a Jonás, pero mientras no tenía ni idea de donde residía este, si conocía la casa de ella. Pero lo dejaría para el día siguiente. Ahora se iba a preparar una modesta pero suficiente cena y después de un tiempo de lectura se iba a ir a la cama saboreando el silencio más absoluto y un cierto frescor que la noche ponía y que hacía muy necesario el aprovisionarse de leña para el fuego y una manta para dormir.
La mañana era soleada, invitaba a dar una vuelta por los alrededores, cuando unos golpes en la puerta le indicaron que tenía visita: Marta apareció radiante con el pelo suelto y unos pantalones vaqueros que le daban un aspecto de joven que sale de excursión. Cada vez que se encontraba con ella, tenía la sensación de que era una persona distinta o mejor dicho la misma mujer pero representando papeles diferentes incluso opuestos, sería una gran artista de cine o de teatro con una gran versatilidad. Le picaba la curiosidad de saber como acabó la tarde con el gordo. No quería ser indiscreto pero por la forma en que lo encontró debieron tener sus más y sus menos y aunque le molestaba la idea de que aquel calvo, tripudo y maloliente estuviera liado con aquella mujer, pensaba que no tenía ningún derecho a pretender atenciones y a molestarse porque otra persona fuera su pareja, o su aventura veraniega. El no entraba ni salía en eso.
- Espléndida mañana Jorge - dijo Marta a modo de saludo.
Se quedó de piedra. Aunque desde el primer día le había pedido que le tuteara y le llamara por el nombre de pila, siempre había sido el señor Gómez y ahora enmarcada en la puerta y sonriendo Marta le llamaba por primera vez.
- Aprovechando el hermoso día que hace pensé que te gustaría que diéramos una vuelta. El día de la comida me quedé un poco disgustada. Te fuiste antes de que acabáramos y pensé que a lo peor te habías sentido un poco fuera de juego, por lo exagerado que siempre es Jonás.
Caminaron hacia el río, hacia la zona donde se estanca y sin perder la claridad de sus aguas forma unas piscinas naturales que antaño utilizaban los lugareños para bañarse y que aún hoy día, en los fines de semana, suele ser frecuentado por habitantes de la comarca.
Veía a Marta como si fuera una compañera de excursión deseosa de pasar una mañana libre de la vigilancia de profesores y padres, dispuesta a contar cualquier tontería que se le pasara por la cabeza o hacer las confidencias que sólo la camaradería permitía. Se sentaron en unas piedras que bordeaban el cauce mientras sacaba unos bocadillos traídos para al ocasión.
- Me das envidia Jorge, cuatro semanas de vacaciones y luego otra vez a la capital. Dónde pasan cosas, no como aquí que no se mueve más que el viento cuando sopla.
- Pero si aquí lo tenéis todo - protestaba él - todo lo que desea la gente, tranquilidad, aire limpio, contacto con la naturaleza.
- Sí claro, todo lo que la gente desea... para quince días, para volver con más ganas a coger el coche, respirar la suciedad y pelearse con más fuerza con el jefe. Las ganas que tengo, de salir de aquí.
Hablaba de sus deseos de abandonar aquella zona, eso no era vida para una joven. Jorge intentó llevar la conversación a su relación con Jonás. Quería saber como acabó la fiesta del otro día.
- ¿Jonás? Trabajo para él. En el fondo es una buena persona, aunque a veces no sabe parar y hay que fijarle los límites. Sobre todo si bebe más de la cuenta. El otro día, sin ir más lejos, me tuve que ir solamente un poco después que tú. Se estaba poniendo pesado. Allí le dejé, dando los últimos bocados al Jabalí y agotando las botellas de vino. Supongo que acabaría con una curda de campeonato.
Cuando los ríos discurren en las zonas montañosas, el agua fría y clara despierta a la persona más dormida y en el tiempo de verano es una bendición sumergirse en sus aguas. No habían traído los bañadores y no pudieron más que meter los pies, chapotear con las manos y salpicarse gotas de agua entre grititos y risas. Jorge sentía que había ganado gran confianza con aquella mujer, que la podía considerar una amiga o colega, pero no tanto como para proponer despojarse la ropa y zambullirse en aquellas aguas heladas. Se conformó con el juego de agitar el agua con la mano y esperar a que parara y reflejara los rostros mirándose en el río.
A la noche se durmió en cuánto se metió en la cama, había quedado profundamente satisfecho por la excursión de la mañana y durante aquel día se había olvidado de Jonás, el cura, el pastor Félix, incluso Jiménez, Flora y todos los demás comparsas que le esperaban a su regreso en unos días a la ciudad, parecían figuras lejanas de un escenario al que se podía dar la espalda si fuera necesario. Tuvo extraños sueños: se vio en medio de un establo rodeado por todo tipo de animales, de repente una figura vestida con pieles entraba gritando y con un látigo golpeaba echándoles del recinto, el hombre llevaba el rostro del cura y él salió corriendo escondiéndose de los golpes del sacerdote ahora ya vestido con sotana. Se encontró escondido entre los animales y cuando miró a estos sólo vio la hermosa mirada de una loba, los ojos brillantes, la boca abierta, el calor de su resuello, aproximándose. Se quedó hipnotizado, no deseando más que sentir el poder que emanaba de aquella figura.
Habría dormido fácilmente cinco horas cuando un ruido intermitente le desveló. Alguien llamaba a la puerta, se quedó unos segundos escuchando: un grifo. Sí, sólo podía ser el goteo insistente de un grifo mal cerrado. Se dio media vuelta en la cama: no iba a levantarse por eso, a la mañana siguiente lo cerraría. Volvería a coger el sueño. Se había pasado la mayor parte del día fuera y no recordaba que lo hubiera utilizado en ningún momento. El ruido seguía golpeando insistentemente de forma rítmica cada vez más espaciado. Se sentó en la cama: no, el único agua que bebía era embotellada, había subido suficientes bidones como para no necesitar en el mes. Sabía que cualquier agua un poco sospechosa le producía fuertes diarreas, no estaba para bromas. Si no lo había abierto, por qué estaba sonando ¿una tubería rota? ¿un escape de agua que no había advertido hasta entonces? Escuchó atentamente: silencio, a lo lejos lo que le pareció el aullido de un perro, el sonido se había parado. No volvía. Sí, pero no, ahora estaba seguro, no era el goteo de un grifo mal cerrado ni un escape de agua, era como una mano o un palo que rascaba suavemente... en el tejado... no, en una madera: la puerta, la ventana... se tenía que levantar. Bajó y se colocó detrás de la puerta, no se oía nada, el silencio era completo. Abrió sigilosamente, despacio, rogando porque el chirrido de las bisagras no delatase la maniobra, esperando sorprender algo o a alguien, quizás un gato, un perro perdido, un jabalí bajado del monte, un curioso o ladrón: se habían dado algunos casos. Pero no había nada, salió al exterior, todo estaba en calma. Una ráfaga de viento agitó las ramas de los olmos que rodeaban la casa, las nubes se apartaron y la luna media brilló. Regresó al interior y revisó todas las cerraduras de puertas y ventanas. De repente un golpe seco, como el de un objeto que choca contra el suelo, se oyó con nitidez. Había sido en el piso de arriba, en el dormitorio. Agarró uno de los leños del fuego que no habían ardido y subió corriendo las escaleras. Entró en la habitación y las ventanas estaban abiertas de par en par, la lámpara de la mesilla en el suelo. Ráfagas de viento entraban por el hueco, levantando los visillos a modo de banderas. Miró por la ventana y pudo vislumbrar, eso creyó, una sombra que se confundía con las de los árboles. Después sólo silencio. El susto le había desvelado por completo y pensando que ya no podría dormir decidió bajar avivar el fuego del hogar y ponerse a leer una de sus novelas. Salió al cobertizo por más leña y al pasar por el antiguo abrevadero oyó el goteo otra vez: por la tubería que llevaba el agua una fuga, dejaba caer una gota que golpeaba en el charco que había debajo.

Se aproximaba el final de su estancia y no dejaba de reconocer que le estaba sentando estupendamente. El encuentro con Marta, los baños en el río y los paseos por la naturaleza, le estaban poniendo un color moreno y saludable que lo iba a poder lucir en la oficina durante meses. Recordaba divertido el susto de la noche, pero lo que le intrigaba más era el sueño que había tenido, con el cura y la mirada de la loba. Estaba empezando a sentirse afectado por el mal de amores y no podía evitar que aquella mirada lobuna fuera, sin lugar a dudas, la de Marta.
Se dirigió a la casa de Marta con la intención de invitarle a dar una vuelta y preguntarle si aquella comarca, en algún tiempo, fue tierra de lobos, si había tradiciones, leyendas escritas u orales que hablaran de ello. Recordaba la fiesta en la que participó. Todos iban disfrazados, con motivos de animales principalmente, eso creía recordar. Por cierto, por qué tenía esa imagen nebulosa del final de la fiesta. Cierto que había bebido bastante, todos bebían. Pero el no era bebedor, seguramente se había dejado llevar por el ambiente que se había instalado y se había desmayado. Recordaba una especie de tumulto, gente gritando y corriendo y una sombra negra aullando y soltando improperios al mismo tiempo que golpeaba con una fusta a todo el que se cruzara en su camino... como en el sueño.
Estaba decidido a preguntarle como había terminado todo aquello. Dobló la esquina que conducía a la entrada de la casa, cuando vio aparcado un coche delante de la puerta ¡el coche de Jonás! Por fin aparecía el gordo. Iba a pedirle cuatro explicaciones aprovechando que estaba en casa de Marta. Iba a golpear en la puerta cuando unos ruidos le llamaron la atención. Se paro a escuchar y miró hacia el primer piso. Por la ventana entreabierta se oían unos gemidos intermitentes de dos personas, como si estuvieran luchando. Enseguida reconoció la escena: una ola de decepción y despecho se apoderó de él. Luchando... sólo había un tipo de combate que produjera ese diálogo. Se lo imaginó: la cara del gordo, calvo, seboso y maloliente, congestionada y babeando su deseo sobre ella ¡es un monstruo! Recordaba sus palabras. Los ojos de loba de ella, clavando su mirada sobre el cuerpo de él, hipnotizando con la claridad de la luna que reflejaban. Dio media vuelta y se volvió. Las cuatro semanas se acababan y el sólo había venido a pasar unos días en un pueblo semiabandonado para poder volver al chocolate con churros de las ocho de la mañana, a las impertinencias de Jiménez y a las demandas de Flora sobre los planes para el mañana: que ya estamos teniendo años y hay que tomar decisiones. Fíjate las entradas que tienes en el pelo. Ayer me vi la celulitis en el espejo ¡horrible! Marta había sido parte de ese exotismo controlado que había venido a buscar. Qué luego se hubiera inventado la mujer animal hipnotizadora, era parte de sus fantasías. Ahora estaba dándose un revolcón con el gordo de la agencia de viajes. Todo normal como la vida misma.
A la mañana siguiente se despertó sobresaltado, creía haber oído la sirena de la policía. Otra vez con sus sueños extraños. Aquel iba a ser el último día y había que aprovecharlo esperaba no ver a nadie del pueblo. Lo dedicaría a recorrer los alrededores. Había zonas que apenas había visitado, el resto del tiempo se tumbaría en la terraza con sus novelas y dejaría pasar los minutos lentamente, sin prisas porque acabara, saboreando cada ráfaga de viento, cada escalofrío producido por la brisa, cada segundo de puesta de sol, cada estrella que brillara. Un coche pasó delante de la puerta acelerando, levantando una polvareda.
¡Caray, con los del pueblo! Ahora se dedican a las carreras. Abrió el balcón y miró hacia el extremo por donde se había perdido el coche. Varios coches de la Guardia Civil con las luces centelleando, se hallaban aparcados. De uno de ellos bajaba un hombre de chaqueta y corbata con un maletín. Una pareja procuraba mantener a los curiosos apartados de la entrada de la casa de Marta.
Bajó inmediatamente, algo había sucedido. Al llegar a la puerta le impidieron pasar. Preguntó al primer curioso, un aldeano, por la pinta que tenía, que no había visto nunca.
-¿Qué ha pasado?
-Un muerto. Don Jonás Santos de la Iglesia, el que lleva las casa rurales de esta zona, ha muerto repentinamente.
Estuvieron durante varios minutos intentando averiguar que pasaba dentro. Al cabo de un tiempo salió el hombre del maletín acompañado por la Guardia Civil, detrás el padre Don Antonio.
- Hernández, quiero que se localice inmediatamente a la dueña, mañana mismo debe comparecer en el juzgado de la capital a las doce en punto. En caso de no poder ser localizada será emitida mañana mismo una orden de búsqueda y captura ¿está claro?
- A la orden señor.
El guardia Civil empezó a dar ordenes a sus subordinados.
No iba a poder sacar nada de las autoridades. Abordó en cuanto pudo al padre.
- Don Antonio, Don Antonio, quería hablar con usted sobre lo que ha pasado.
El cura se detuvo volviéndose
- Váyase a su casa señor Gómez. Aquí no ha pasado nada más que lo que pasa a los hombres y mujeres que pierden su dignidad y se dejan arrastrar por el mal que anida en su carne. Tengo prisa.
- Quiero hablar con usted ¿no podría verle esta tarde?
- Esta tarde a las cinco, en la casa parroquial.
A las cinco en punto llamaba a la puerta de la entrada. El sacerdote se asomaba y le pedía que empujara. Sentados delante de dos tazas de café, en una habitación recubierta por estanterías llenas de libros, el rostro arrugado del sacerdote mostraba preocupación por los sucesos.
- Sr. Gómez, usted quiere saber de la muerte de ese hombre, yo lo que le puedo decir es que cuando se pierde la dignidad, abandonamos nuestra postura de guardianes del templo que nos ha encomendado nuestro Señor. La bestia, el demonio, el otro que llevamos con nosotros mismos, puede salir y dominarnos, perder nuestra alma y transformarnos en peor animal que los que viven sueltos. Esto fue tierra de lobos hace tiempo, y hay cientos de historias de hombres que vivían entre ellos imitando su tipo de vida, luchando contra ellos, apareándose con las bestias. Cuando creemos que todo vale, que todos nos está permitido, que hemos venido a gozar de cualquier placer que se nos pase por la imaginación, suceden casos como los de Jonás. Usted no ha visto la expresión de horror que había en sus ojos. Lo que vio ese hombre en el momento de morir no se lo deseo a mi mayor enemigo.
Se dio cuenta que más que contestar a sus preguntas lo que le gustaba al cura era contar su visión del mundo. Se levantó y se dirigió a la ventana.
- Sé que la muerte está cerca, y sólo le pido a Dios que cuando me llegue la hora, me permita disfrutar del viaje eterno. Del placer, de la satisfacción que supone perder estas cadenas a las que uno está atado y sentir la libertad de dejar las miserias que nos aprisionan, nos atan, nos dejan pegados a nuestras inmundicias. Usted no cree en estas cosas - dijo mirando hacia mí con una sonrisa, la primera y única que vi en su rostro desde que le conocí - les regalo todo lo que están acostumbrados a disfrutar, todas sus fantasías como las del pobre Jonás, Sr. Gómez; sólo por poder ser testigo de ese momento.

En la última noche de vacaciones el Sr. Gómez no podía dormir. La muerte de Jonás y la desaparición de Marta le habían impresionado. Al final el pobre gordo, el hombre de la agencia había tenido razón: volverás cambiado. Recordaría en mucho tiempo aquellos días. Se levantó, el silencio era completo. Era la ventaja de vivir en el campo: silencio, oscuridad, noche, estrellas brillando y una luna llena inmensa llenado con su blancura de leche las sombras de casas y árboles. Qué mejor que salir fuera llegarse hasta el río y sumergirse en el agua fría. Sería un tónico de primera. Se llegó hasta la orilla, la luna reflejaba en las aguas su titubeante resplandor. Se quitó la ropa y se sumergió en el agua helada. El cuerpo reaccionó y durante unos momentos se dejó a acunar por el calor que le envolvía, por el bienestar del que formaba parte, por el silencio negro y amable en el que soñaba rumor de estrellas sobre su cabeza. Después de aquello podía volver a enfrentarse con Jiménez, con Flora, con las oposiciones: hasta puede que le sacara gusto a su vida de cada día.
No sabría decir cuánto tiempo llevaba, cuando creyó oír un ruido a sus espaldas: una rama partirse, unos pies deslizándose, el crujido de una hojas aplastadas, el paso furtivo de un conejo, un pato deslizándose por el agua... hasta una voz salía de entre la vegetación.
- Jorge, Hurón.
Pegó un salto. Le llamaban. Con el apodo de animal que le pusieron en la fiesta. De repente el estado de alerta se apoderó de su cuerpo. Se enderezó, contuvo la respiración, aguzó el oído y escuchó. Alguien estaba allí. Escudriñó las sombras del río: los árboles, el matorral, las orillas, hasta las ondulaciones y el brillo de la luna sobre el agua. No había nadie, no había nada. Sólo diferentes intensidades del negro, roto por la luna rielando. Detuvo su mirada en una sombra oscura que se confundía con la vegetación. Saliendo de la oscuridad y avanzando por el agua la silueta de una mujer se acercaba.
- Hurón, soy yo, Marta.
A medida que se acercaba la figura iba llenándose de tonalidades plateadas. Sumergida hasta la cintura, con la piel mojada, la sombra oscura iba tiñéndose de tonalidades, de líneas. El blanco plateado se convirtió en un violeta que definía los bordes de la piel, salpicada por gotas de agua. El perfil del rostro se hacía más nítido: frente, nariz, cara, labios, ojos. Dos ascuas brillaban como carbones encendidos en el rostro de la mujer. Cuando se juntaron frente a frente, enmudecieron las bocas, la respiración se hizo más profunda y la mirada brilló con más fuerza. Se tantearon sin tocarse, midieron la distancia, escucharon, miraron más allá de la piel, olieron el perfume de los cuerpos y se fundieron en un abrazo y se dejaron caer sobre el agua. Durante un tiempo que le pareció una eternidad se sintió llevado por una fuerza en que se confundían las profundidades del cuerpo con el agua metiéndose por todos los huecos. Sintió la herida de unos cantos desgarrando la piel, el ahogo de una boca que le quitaba la respiración, la furia de unos ojos que le taladraban y al otro, tomando las riendas, lejos de él mismo. Le querían llevar fuera del agua. El otro decidió retener el cuerpo que le acompañaba sobre un arenal que formaba el río en la orilla y donde el agua no les cubría. Allí consumieron la noche, hasta que la luna dejó de brillar y la oscuridad se hizo negra, como la boca de un lobo.

Ayer por la tarde vino Flora. Yo estaba intentando poner en orden el informe que tenía que presentarle al día siguiente a Jiménez. Vino a recoger los últimos libros y discos abandonados después de años de convivencia y a anunciarme que era muy posible que para el año próximo fijara la boda con un chico que había conocido.
- Abogado - me dijo - está empezando, pero tiene las ideas muy claras.
Los libros, dieron paso a los recuerdos, estos llevaron a la música que volvieron a oír juntos y de aquí a los sentimientos. Acabaron en un abrazo a modo de último encuentro de despedida. Flora me comentó que, me encontraba muy moreno incluso con más pelo en el cuerpo. Un pelo que no dejó de admirar por lo profuso que me había crecido en todos los rincones y que no recordaba haber visto antes. También se fijó en los rasguños dejados en mi espalda: los cantos de un río, dije yo. Ella me miró con una sonrisa cómplice.
-Parece que no has perdido las vacaciones.
Acabamos muy contentos, Flora diciendo, que aunque ya no volviéramos a compartir la intimidad de antes, ella quería seguir manteniendo la amistad y que podríamos vernos de vez en cuando. Me había encontrado muy cambiado, con mucha fuerza. Yo la despedí con prisas, no tenía ganas de marcharse, quería sacudírmela.
La noche estaba cayendo y hacía calor. Las últimas noticias que le habían llegado de Villagozuelos del Bosque a través de la agencia de viajes, parece que lo habían dejado todo claro: el pobre Don Jonás, había muerto de un infarto, la dueña de la casa dónde se había producido el óbito, se había presentado inmediatamente en cuanto supo que le buscaban, explicando que le había dejado en perfecto estado unas horas antes, cuando se tuvo que ausentar precipitadamente por la llamada de su tía, en grave estado. Mantenían una relación sentimental de hace años y habían estado juntos, pero no sabía que tenía que ver aquello con la muerte de Jonás y con ella misma.
La autopsia no reveló nada extraño y la policía archivó el caso. Solamente se comentaba en el pueblo que el antiguo párroco, un cura viejo y amargado, había aumentado la prédica de los peligros que acechan a la sociedad permisiva de hoy y animaba a sus fieles en los funerales, misas y cualquier ocasión que se presentase a rearmarse y combatir el mal: luchar contra la carne, el mundo y el demonio o la bestia como le gustaba decir, estuviera donde estuviera.

Cuando el calor aprieta y cae la noche, el Señor Gómez deja por unas horas los papeles sobre la mesa, se olvida de la cara hostil y desagradable de Jiménez y hasta de los empujones de Flora y siente la fuerza que le impulsa a salir a la calle. Es posible que se duche con agua fría, en un intento vano de volver a sentirse todo completo y unido en todas sus partes, pero es una tarea que está siempre al borde del fracaso, sobre todo, si es verano, el calor es sofocante, es de noche y en el cielo negro brilla la luna llena...