Casa Rural
Abrió una vez más el folleto de la agencia de viajes: casas rurales.
Si quiere unas vacaciones diferentes, lejos de la rutina en que se ha convertido
su vida, llámenos. Tenemos lo que usted desea.
- Venía por este anuncio. Precios, duración, medios de transporte,
servicios. En fin un poco más de información.
El hombre calvo y sudoroso embutido en un traje de color beis le miró
detrás de la montura de sus gafas.
- Tenemos dos modalidades: casas rurales para descansar, para olvidarse del
trabajo, de los humos y de la mala leche que se gasta en la ciudad. Otra para
los que les gusta el riesgo: deportes, aventuras, y diversas actividades con
el peligro controlado. Si quiere tener que afrontar decisiones difíciles,
librarse de los miedos. Ha llegado al lugar adecuado. Quince días de
experiencias de riesgo no muy lejos de Madrid. Lo que a un joven le gusta: dar
un salto, superar el aburrimiento, volver con algo nuevo.
- Bien, parece que me va a interesar, pero quisiera algo más. En fin
que me aclarara en que consisten las actividades.
- Un pueblo de la montaña abandonado, donde va a pasar todo tipo de aventuras,
organizado por nuestra agencia, parte de la aventura consiste en ignorar los
pormenores de cada día. Si no, no estaríamos ante un viaje hacia
lo desconocido que como ve en el folleto es como se titula la semana.
Gómez volvió a mirar al folleto. En efecto, la revista traía
en el interior: dos semanas de aventuras. Viaje a lo desconocido, la gran oportunidad
de su vida.
- Pero no me podría informar algo más - pudo decir con una sonrisa,
pidiendo casi por favor.
- Por supuesto, la filosofía de nuestra agencia es todo al servicio del
cliente. Le voy a dar la información que necesita: un pueblo en la montaña,
habitado por unos pocos ganaderos, en medio de un paisaje bellísimo,
sin turismo de masas y a escasos metros de uno de los últimos bosques
que quedan en el país. La casa de campo, tiene todos los servicios que
pueda imaginar y le aseguro que desde el principio estará envuelto en
las actividades. Eso es lo que puedo decirle.
El gordo se calló durante unos segundos y alargando el cuello aproximó
su cara, a la de Gómez.
- Se lo digo como un amigo, volverá nuevo, distinto, le cambiará
la vida.
Había dejado el cartel de la desviación a unos cinco Kilómetros:
Villagozuelos del Bosque y se encontraba delante de la fachada de la que iba
a ser la casa. Había obtenido una ampliación de dos a cuatro semanas
argumentando que dos, no daban para profundizar en las experiencias si tan decisivas
iban a ser. Lo había pensado como una estratagema para poder decir que
lo dejaba pero ante su sorpresa, el gordo lo aceptó después de
alabar la decisión tomada.
La casa de piedra, de dos pisos, se alzaba en el extremo del pueblo. No se veía
a nadie por la calle y un aire fresco invitaba al recogimiento. Abrió
la puerta principal. Un olor a humedad, a casa abandonada le recibió.
Tenía un gran recibidor que daba a diferentes habitaciones y un salón
en el que había un hogar con un leño crepitando dentro de él.
Se notaba que había sido acondicionada para recibir a los forasteros.
Todo estaba ordenado y limpio pero no se veía ni rastro de nadie que
hubiera estado.
Metió la poca ropa que había traído para pasar el mes y
la maleta de libros a los que pensaba dedicar la mayor parte del tiempo. Gómez
había llegado a la conclusión de que las aventuras más
extravagantes, arriesgadas y peligrosas, que estaba dispuesto a correr, eran
las que salían de las páginas de un libro y si había acabado
aceptando la propuesta de la agencia era más por la previsión
de pasarse el mes, leyendo en un lugar tranquilo sin molestias de ninguna parte,
que por las arriesgadas aventuras que se pudieran pasar en aquel lugar. Se dispuso
a avivar el fuego de la chimenea con nuevos troncos que encontró en un
cobertizo adosado a la casa. El olor de la leña quemada siempre le producía
una cierta euforia porque le recordaba vagamente la casa del pueblo y por asociación
el campo, la soledad, la aventura. En el piso superior un gran balcón
se abría al paisaje de la montaña y al bosque que se iniciaba
a pocos kilómetros de las últimas casas del pueblo. Respiró
satisfecho pensando que había sido una buena elección haberle
sacado al de la agencia un mes por el precio de dos semanas.
Unos golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento. Bajó para
ver quien era y se encontró con una mujer de edad indefinida de rostro
serio pero correcto.
- Soy Marta, la guardesa de la casa. Me pongo a su disposición. Cualquier
necesidad de comida, arreglar algún desperfecto que encuentre, sólo
tiene que comunicármelo y será solucionado. Vivo tras el puente
del río, a unas manzanas de aquí.
- Pase, pase, no se quede en la puerta.
La mujer entró aceptando la invitación amable de Gómez
- No le quiero molestar. Si solicita algún guía para recorrer
los alrededores lo puede tener a su disposición.
- Bueno creo que de momento no necesito nada. Me gusta el pueblo, creo que es
un lugar tranquilo. Es usted la primera persona con la que hablo ¿hay
muchos habitantes?
- Cómo Vd o como yo pocos - respondió enigmáticamente Marta
- pero los suficientes para que no sea tan tranquilo como usted se imagina.
- Trátame de tú, Marta. Vamos a pasar unos cuantos días.
La mujer sonrió por primera vez.
- Le deseo una feliz y venturosa estancia en este lugar de soledad y tranquilidad.
Gómez se quedó un poco intrigado por aquella mujer. Parecía
uno de los escasos habitantes que tenía el pueblo pero al mismo tiempo
cultivaba una distancia que no respondía a lo que consideraba era el
comportamiento habitual de una campesina o labriega.
El día era soleado y se dispuso a hacer el primer recorrido hasta la
linde donde comenzaba el bosque. A pocos metros de la casa un camino iniciaba
una suave ascensión y tras hacer una curva se plantaba cerca en los primeros
árboles. Esperaba pasar unos cuántos días lejos de las
calles de Madrid, del olor a gasolina, del tráfico. Un mes para olvidarse
de la cara de Jiménez, de las voces, gritos y órdenes:
- ¡Gómez! El informe de la empresa lo quiero para ayer. Cómo
se puede decir semejantes nimiedades en estas páginas. Pero usted quiere
hundirnos o qué. No se da cuenta que en cuanto baje en un punto el número
de clientes nos vamos a Eslovaquia y usted se queda en la calle y el país
se va al carajo con esta nómina de gandules.
Un mes sin aguantar las comidas en la tasca de la Petronila ni las regañinas
de la dueña de la pensión:
- A ver si paga que el mes ha vencido. Cada vez le veo más moroso y yo
a los morosos les pongo de patitas en la calle. A no ser que el caballero esté
dispuesto a pagar en especie. Pero pagar, por la hija de mi madre, vaya que
si paga.
Gómez se encontraba satisfecho, reducidas al mínimo las necesidades,
centradas sus intenciones en disfrutar de las sensaciones que le iban a producir
el contacto con la naturaleza y con la lectura de la copiosa maleta de libros
que había arrastrado.
Tumbado en el patio de la casa, se divisaban las montañas y la zona
por donde el bosque se extendía. El sol acababa de meterse y una fresca
brisa estremecía el cuerpo. Dejó el libro que estaba leyendo:
las historias del hombre - lobo en la comarca del Guara. Y se quedaba con la
mente en blanco preso de una satisfacción y descanso que le alimentaba
y le permitía olvidarse de todas las tensiones.
Marta subía por el camino empedrado. Desde la posición en que
se encontraba se divisaba la calle del pueblo y a todo el que pasara por allí.
Al principio no la reconoció, no iba vestida de negro como la primera
vez. Iba a una fiesta, pensó.
- Hola señor Gómez - le saludó jovialmente.
- Hola Marta.
Si le había parecido una campesina con el rostro curtido por el aire
del campo y con la seriedad de una persona ajetreada, ahora parecía la
madrina de una boda o más bien la participante en un baile de disfraces.
Llevaba un vestido de color rojo con la falda por encima de la rodilla, iba
maquillada y con el pelo recogido en un moño. Resultaba sorprendente
el cambio producido y Gómez se quedó mirando con un aire de interrogación
contenido, esperando no ser indiscreto con su mirada.
- Vengo a invitarle a la fiesta, se celebra en las antiguas escuelas en el otro
extremo del pueblo. Allí nos reunimos buena parte de los jóvenes
de la comarca y algunos no tan jóvenes. Se celebra el día de la
luna llena. Es una tradición que se remonta a varios siglos donde los
hombres se disfrazan de lobos, otros de cazadores, campesinas y hombres - lobos.
Se recuerda cuando por estos parajes según cuenta la tradición
vagaban seres errabundos que se transformaban en la noche. Bueno ya sabe leyendas
y tradiciones todo junto.
Había venido a descansar, a olvidarse del día a día de
la ciudad, a dejarse adormecer por la suavidad de sonidos y aromas del campo,
pero un vistazo a algunas de las costumbres de aquella zona no le iban a sacar
de su tarea. Además estaba la recomendación del hombre de la agencia:
- Es un viaje a lo desconocido, volverá cambiado.
Le picaba la curiosidad de adentrarse en los desafíos que le aseguró
tendría que enfrentar. Y estaba aquella mujer Marta que parecía
ser la hermana de la del anterior día.
- ¿Lo organizan todos los años? ¿Forma parte de las actividades
turísticas? - preguntó al fin más para mantener la conversación
que porque necesitara completar la información.
- Ni mucho menos, son auténticas tradiciones, arraigadas en la tierra.
Eso sí, sometidas a los naturales cambios que los tiempos exigen. Bueno
¿Podemos contar con usted Sr. Gómez o prefiere quedarse aquí?
Además hoy hay luna llena, téngalo en cuenta.
Aceptó y Marta se alejó por la calle con el mismo aire de ligereza
con el que llegó, lejos de la pesadez del día anterior. Seguía
llamándole por el apellido, aunque le había comunicado que le
tuteara, parecía que la rigidez oficial de la agencia de viajes se imponía
a su interés en estrechar contactos.
Se hizo noche cerrada. El pueblo se sumergió en una oscuridad total,
sólo rota por las escasas luces que bordeaban la calle principal. En
el horizonte apareció una luna llena, roja como un queso gigantesco,
que daba claridad a las calles, recortando las sombras de las casas cada vez
más negras. La fiesta empezaba a las doce.
Era su segundo día de estancia en el pueblo y esperaba volver con las
energías recuperadas. El año que comenzaba le exigía la
preparación del examen que le permitiera ocupar la plaza a la que llevaba
optando varios años. Las últimas oposiciones habían sido
hace dos años. De perder esta oportunidad tendría que olvidarse
de mejorar su situación y la cara de Jiménez, Asun y Prieto tomaban
su expresión anodina de envidia, celos y miseria que le ahogaba.
Se acordó de Flora y aunque oficialmente habían roto, aún
quedaban los rescoldos que le permitían imaginar la posibilidad de cambiar
las tornas, de convencer con unas cuantas palabras en su momento justo y algún
que otro gesto adecuado que lo mejor para los dos era volver a estar juntos.
La fogosidad de Flora y el no tener las ideas claras le había apartado
de ella.
A las doce de la noche, estaba delante de la puerta de las escuelas. Se había
orientado por el rumor de música y murmullos más que por la luz.
Las calles que conducían hasta allí estaban en una oscuridad total
excepto en un cruce donde una amarillenta bombilla dejaba una círculo
en el suelo que apenas alumbraba las piedras. Las ventanas estaban cerradas
y por las rendijas mal ajustadas se dejaba pasar la luz del interior. Se abrió
la puerta de golpe y apareció en el dintel recortada, Marta: la mujer
de negro de la primera vez y de rojo la segunda. Llevaba un disfraz que asemejaba
a una campesina de hace cincuenta años, moño recogido, pañuelo
en la cabeza y traje que para sus conocimientos debía ser el de la comarca.
Rompiendo con el conjunto aparecía una mujer maquillada con coloretes
en los carrillos y unos labios pintados de un rojo excesivo. Como siempre que
la veía le sorprendía por los cambios, por las apariencias. Si
la primera vez le pareció el ama de llaves de una casona y la segunda
una forastera haciendo turismo ahora no sabía si considerarla una persona
ridícula con aquellos coloretes o simplemente como pensó, alguien
que participa en un desfile de trajes regionales o baile de disfraces.
- Sr. Gómez, me alegro de que haya venido a la fiesta. Pase y participe.
Entró y quedó deslumbrado por la luz. Tardó unos segundos
en adaptarse. Lo que vio le dejó perplejo. Lo que parecía ser
el espacio de un aula escolar, estaba lleno. No menos de treinta personas estaban
hablando, bebiendo y algunos bailando al ritmo de una música que si desde
fuera sólo se percibía un murmullo, dentro a Gómez le recordaba
el ensordecedor ruido de una discoteca.
Enseguida su acompañante Marta le hablaba a gritos.
- Voy a presentarle ¿cómo quiere que le llamemos aquí?
Tiene que elegir un nombre. Aquí todos tenemos un apodo de animal o relacionado
con la naturaleza y los pueblos que sólo lo utilizamos en las fiestas
especiales y esta es una de ellas.
Sólo en aquel momento comprendió que todos los participantes iban
vestidos de manera estrafalaria, lo que le hizo pensar que celebraban un baile
de disfraces. La mayor parte estaban borrachos o por lo menos se movían
como si estuvieran próximos a caerse en el suelo. Se llamaban unos a
otros con cualquier palabra: cordero, comadreja, lobo, sauceda, hollín,
cuadra, buitre, triguero, cabra, y otros que no pudo retener. Enseguida se vio
en medio de un grupo que se movía al unísono, imitando lo que
pensó que eran gritos de animales a su lado Marta seguía insistiendo.
- Elige unos de estos nombres: hurón, oveja, agua y estiércol
¿cuál prefieres?
Los hombres y mujeres agarrados por los hombros giraban y giraban, clavaban
su mirada en Gómez y emitían lo que parecía ser una mezcla
de gritos y bufidos, creando un ambiente frenético.
- Prefiero llamarme nube - pudo decir en el oído de Marta.
- No puedes, sólo puedes elegir entre lo que se te ha propuesto. Si no
lo haces tú te lo pondremos nosotros. Es la costumbre.
Ante la posibilidad de que le apodaran oveja o estiércol se apresuró
a gritar:
- ¡Hurón!
Desde aquel momento el Sr. Gómez que había venido a pasar unas
vacaciones no convencionales que le transformaran, pasó a denominarse
Hurón.
Desde el corral donde se había instalado se divisaban las alturas de
la sierra de Guara. No tenía nada más que ponerse en pie para
tener una panorámica completa. Así pudo ver como el vehículo
todo terreno de la guardia civil se paraba en la puerta de los pastores, según
le había informado Marta, y se bajaban dos miembros de la benemérita
que después de esperar unos segundos pasaban al interior.
Dejó de curiosear y volvió a la lectura. Se había traído
el temario de las oposiciones pero desde que había llegado no había
abierto una sola hoja. El ambiente no ayudaba a centrarse en el análisis
de las interacciones del derecho mercantil en la Roma del siglo IV. Estaba con
una novela sobre el fenómeno de los hombres-lobos.
Al cabo de media hora notó que los guardias salían de la casa,
acompañados por un hombre de baja estatura que recordaba vagamente haberlo
visto en la fiesta, se dirigieron hacia donde estaba él.
- Buenos días Sr. Gómez, que tal lo está pasando. Perdone
que le moleste pero aquí la autoridad quiere hacerle alguna pregunta.
Es sobre mis ovejas, ya sabe que hemos encontrado varias muertas y estamos convencidos,
que es obra de algún animal salvaje.
El mayor de la pareja, se llevó la mano a la gorra.
- Queríamos hacerle alguna pregunta si no le molesta. Usted lleva varios
días aquí ¿ha visto algo extraño, algo que le ha
llamado la atención?
No pudo dar ningún tipo de información, los guardias civiles insistieron
en que informara de alguna cosa extraña o movimiento sospechoso que creyera
advertir, además le aconsejaron que cerraran las puertas y ventanas.
- Como está tan oscuro, es para evitar que cualquier animal del campo,
y aquí hay muchos más de lo que parece, se pueda meter y darle
un susto.
También preguntaron por cuántos días iba a estar y las
actividades por los alrededores del pueblo.
- Bueno, no queremos interrumpirle más. Ya sabe, cualquier cosa que le
extrañe nos informa.
"En las noches de luna llena, el hombre común que durante el día
es un pastor, apacienta sus ovejas y las lleva a los pastos donde se pueden
alimentar, sufre una transformación que le hace abandonar su rebaño,
perderse por el bosque y atacar a cualquier animal o humano que se cruce en
el camino. Incluso no es extraño que vuelva sobre sus pasos y se cebe
sobre los propios animales que había estado defendiendo hasta unas horas
antes".
No pudo seguir leyendo, dejó el libro sobre la repisa. Un pensamiento
no dejaba de incordiarle desde que la pareja de la guardia civil se había
marchado: alguien, un animal por supuesto, había atacado el rebaño
del pobre Felix, el hombre que acompañaba a los civiles, pero que el
supiese no había lobos en aquella comarca ni ninguna otra bestia peligrosa
que pudiera amenazar a unas ovejas. A lo mejor no había entendido la
información y habían encontrado alguna oveja muerta porque se
había despeñado o caído en alguna trampa.
El sol estaba poniéndose y a esa hora, era tradición en todos
los pueblos salir a dar un paseo. Incluso podría ser que se encontrara
con algunos de los invitados de la fiesta, porque aunque no fueran del pueblo,
lo lógico es que se hubieran quedado varios días. La carretera
se dirigía hacia el bosque para posteriormente discurrir paralela. Hacia
allí se dirigió Gómez con la intención de encontrarse
con alguno de los escasos residentes del pueblo y trabar conversación
sobre los últimos acontecimientos. Al cabo de dos horas se encontró
a pocos metros del comienzo. No había encontrado a nadie en el camino
y aunque estaba oscureciendo, se introdujo en él. Pensó que no
había sido una buena idea, en cuánto avanzó unos metros
la oscuridad se hizo casi total, los árboles impedían el paso
de la escasa luz. Se disponía a volver cuando un ruido de ramas moviéndose
le sobresaltó: la figura de un animal saltando apenas pudo ser entrevista,
un sonido onomatopéyico se escapó de aquella garganta a medida
que se alejaba a la carrera. Por unos instantes creyó entrever las facciones
del animal. Enseguida pensó que la escasa luz que había le estaba
jugando una mala pasada: le había recordado el rostro de Marta, un rostro
contraído en una expresión de ira feroz con algo siniestro. Como
no podía ser, pensó que se estaba encaprichando con aquella mujer,
algo por otro lado no tan extraño pues era la única persona con
la que había tenido trato desde que llegó con la excepción
de los que vio en la fiesta. Regresó inmediatamente al pueblo, como no
se había alejado demasiados metros de la linde, pudo encontrar la carretera
y regresar sin problemas.
Durante todo el recorrido estuvo pensando en lo extraña que era aquella
mujer y en que no podía dejar de reconocer que le estaba impresionando
hasta el punto de haber imaginado que se encontraba en el bosque desnuda...
sí, ahora pensaba que aquel animal estaba sin ropa, claro no iba a llevar
pantalones, y le había puesto las facciones de Marta.
Al llegar a la casa recordó las instrucciones de la pareja de la Guardia
Civil y atrancó puertas y ventanas. Se rió para sus adentros con
cierta complacencia: se estaba dejando llevar por el ambiente solitario del
pueblo y por las lecturas traídas. Salió al cobertizo por unos
buenos trozos de leña y avivó la lumbre. Decididamente los temas
de las oposiciones quedaban relegados para otro momento. Siguió con la
lectura de la novela:
"Convertido en una bestia, vaga por las soledades del bosque. Tiene especial
predilección por los animales más indefensos e inocentes como
las ovejas y también las jóvenes doncellas que se pierden, o que
atraídas por su aullido lastimero se adentran en la oscuridad. Entonces
salta sobre ellas y las despoja de la vida satisfaciendo sus naturales instintos".
Un ruido en el exterior sacó a Gómez de su lectura, había
sonado por el cobertizo donde se guardaba la leña. Se levantó
y abrió despacio la puerta intentando descubrir algo extraño.
Todo estaba en su sitio el cobertizo se recortaba contra la claridad de la noche.
Salió unos metros delante de la puerta y ya se volvía, cuando
creyó entrever una sombra negra, rauda y veloz con el rabillo izquierdo.
Enseguida pensó en uno de los innumerables gatos que había visto
pululando por la mañana. Volvió a entrar y se sentó delante
del fuego, removió las brasas. El calor del hogar le producía
un estado de somnolencia. Dejó definitivamente la novela y se arrellanó
en el sillón. Se vio pensando en la fiesta, la verdad es que casi no
se acordaba de nada, le pareció que todos estaban más o menos
borrachos y aunque no recuerda que perdiera el conocimiento en ningún
momento, todo era confuso: ruido, bailes, gritos y rostros que estaban contraídos
por el esfuerzo y por los efectos de la borrachera. Incluso el rostro de Marta
no parecía el de la mujer seria y circunspecta que se había puesto
a su disposición el primer día, ni la mujer atractiva, delicada
y joven que le había invitado a la fiesta sino la de una persona que
dirigía, imponía su criterio y estaba al borde de un ataque por
la violencia de los ejercicios a los que se entregaba en el baile. Creyó
recordar que estuvieron durante horas girando y girando, sólo interrumpían
la danza para beber de una jarra que quien hacía de camarero iba pasando
entre todos los presentes. A medida que bailaban iban ganando en velocidad y
de las gargantas de aquellos hombres y mujeres salían gritos, palabras,
onomatopeyas y cualquier sonido extraño que pudiera imaginarse. De repente
Gómez se despertó completamente, había recordado una escena,
en algún momento el grupo se paró y Marta con el rostro contraído
en una mueca emitió un aullido que le dejó helado, paralizado
con una sensación de miedo, pavor, que se coló por sus huesos.
Después no recordaba más, como si todo se hubiera borrado o se
hubiera desmayado. No se acuerda de cómo regresó a casa. Cuando
despertó en la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana
y un pequeño dolor de cabeza que tenía lo asoció a los
excesos de bebida de la noche anterior. No recordaba haber hablado con nadie
más, sólo el aullido de aquella mujer estaba presente en su memoria.
Apenas se había levantado sonó el móvil, era el gordo de
la agencia que le anunciaba una visita para ese mismo día para ver como
le iba y ponerse a su disposición por si quería alguna cosa. No
sabiendo a que dedicar el tiempo y ya sin ningún interés por las
oposiciones, decidió hacer una pequeña excursión hasta
donde el río hacía una presa entre piedras donde poder refrescarse.
A la tarde volvería a ir a las escuelas a ver si podía hablar
con aquella mujer. Iba a pedir que le cambiara la ropa de cama y la mesa. Cada
vez le resultaba más extraña. Al llegar al río se despojó
de la ropa y se metió en el agua. Le cubría hasta la cintura y
para sentir todo el cuerpo se tumbó dentro. Recordó la novela
que estaba leyendo: "al acabar la noche el hombre lobo vuelve a ser normal.
Para acelerar esta transformación a la condición humana es muy
adecuado sumergirle en una corriente helada de agua, porque contribuye a que
gane consistencia y los rasgos más bestiales desaparezcan cuánto
antes, igualmente si le sorprendemos en el momento de la transformación
inversa, sumergirle en un tonel, recipiente o río contribuye al mantenimiento
de su condición humana pues estos seres huyen del agua como del fuego
y llevar una bolsa llena, más si es agua bendita, es la mejor arma para
defenderse".
Gordo y calvo como en la agencia, más bien bajo, algo que no había
podido observar hasta ahora. Sin corbata, con una camisa de flores y colores
chillones, pantalones cortos y unas gafas oscuras, semejaba un turista perdido
al que sólo le faltaba la cámara de fotos.
- Señor Gómez le veo transformado, qué color, cómo
se le nota la vida que lleva descansada, sin estrés, la plaga de nuestra
época, el mal que nos va a matar si le dejamos.
Saludaba ruidosamente sin dejar contestar, gesticulando, agarrando el brazo
con las dos manos sacudiéndote en un intento de transmitir no sé
qué entusiasmo, o alegría oficial que se supone había alcanzado
por estar simplemente ahí. Estaba acompañado de Marta que se mantenía
en un segundo plano. Vestida con unos pantalones y una camisa blanca, recogida
el pelo, asistía muda a la conversación.
Estaba en los salones del ayuntamiento-escuela sentados en sendos sillones tras
una mesa en la que se amontonaban diversos papeles.
- He venido para ver cómo se encuentra y si tiene alguna necesidad solucionarlo.
Aunque ya supongo que sabiendo que está en las manos de nuestra mejor
colaboradora - dijo dirigiendo su mirada a Marta - no creo que tenga muchos
problemas sin resolver ¿qué me cuenta de su estancia?
- Se está tranquilo, el paisaje es de lo más acogedor y la casa
antigua es una buena madriguera para descansar.
- Ya sabía que estaría como en la gloria. Le propongo, mejor dicho
le invito a comer y además no acepto excusas. Marta nos va a preparar
un banquete con carne de jabalí y de otros animales de la zona, aliñado
al gusto de la comarca de Guara. Regado por unos caldos de la zona exquisitos
que nos traspone a estados de conciencia y sentimientos no habituales para el
común de los mortales.
A las tres de la tarde se encontraban en otra de las casas del pueblo preparando
un asado de lo que parecía ser un cuarto de jabalí cazado recientemente
con otros trozos de carne que no pudo reconocer aderezado de verduras a modo
de guarnición. Mientras Marta se entregaba a los preparativos Gómez
y el hombre de la agencia se acercaron a la bodega del pueblo para elegir las
botellas de vino.
Estaba alumbrada por media docena de bombillas que producían un conjunto
de claros y sombras en un ambiente de frescor que contrastaba con el calor de
unos metros más arriba.
- ¿Qué le parece esa mujer, amigo? - dijo en un tono susurrante
al mismo tiempo que miraba a un lado y a otro para cerciorarse de que nadie
les oía.
Gómez quedo sorprendido. El agente de viajes se transformaba en un colega
que se dedica a cotillear sobre la primera mujer que se les ha cruzado después
haber hecho el servicio militar o acabado una travesía marítima
o del desierto.
- Una mujer extraordinaria, impresionante, arrebatadora pero eso sí:
¡cuidado, amigo! Mucho cuidado con ella - continuó - es especial,
es más tengo la impresión y se lo digo como un amigo, puede ser
peligrosa.
Bajaba aún más el tono de la voz como si estuviera contando un
secreto.
Gómez se quedó mirándole de hito en hito, intentando adivinar
que quería decir. Enseguida el gordo cambió la seriedad de su
cara y soltó una carcajada, a lo que se vio obligado Gómez a acompañar
con una sonrisa cómplice.
- Es la influencia de este vino - afirmó el de la agencia - sabe que
el olorcillo de las bodegas ya marea a más de un adicto a los honores
de Baco.
Cuando regresaron cargados con cinco botellas de vino, gran reserva, el asado
continuaba haciéndose en el horno.
- Ahora salgo, estoy en la ducha - la voz de Marta les avisaba que esperaran.
Para llenar el tiempo abrieron una de las botellas y empezaron a saborear el
vino. El gordo también se las daba de experto en caldos, como en casi
todo de lo que hablaban. Adoptó una actitud de seriedad, enmudeció,
descorchó y durante largos segundos estuvo oliendo y pegando pequeños
sorbitos mientras se apresuraba a dictaminar sobre sus cualidades.
- Afrutado, sabor de arándanos y ciruelas negras, con un toque de vegetales
de la tierra de raíces profundas, que penetran y penetran, agarrando
el suelo del que sólo se les puede separar si se les corta, si se les
mata. Olor a roble u otra madera noble que le da un sabor de barco lanzado en
medio de los mares, abofeteado por los vientos, pero manteniendo el control
y el timón en la dirección correcta. Prueba Gómez, pero
paladeando, sin prisas, captando el último sabor antes de difuminarse,
ese es el bueno. Después un trago más fuerte y largo, como un
golpe, para sentir el empujón, la fuerza que arrastra, que nos pone el
alma en posición de combate. Así es como hay que beber.
Estaban probando el vino entre exclamaciones de aprobación, cuando hizo
su aparición Marta.
Recién salida del agua con un vestido de flores que dejaba al aire sus
hombros y la espalda, recogió inmediatamente la atención de los
dos hombres que pararon el trasiego del líquido para quedarse inmóviles
contemplando a la mujer.
- Maravillosa, bellísima, como Venus saliendo de las aguas - el gordo
avanzaba al encuentro de Marta, ofreciendo la copa de vino - amigo Gómez,
no me podrá usted negar que mi más cercana colaboradora, no está
poseída de una belleza arrebatadora.
- No se exceda en sus elogios, amigo Jonás, el señor Gómez
no tiene por qué compartir su exagerada verborrea - dijo Marta con una
sonrisa.
Había que fastidiarse, así que el tipo aquel se llamaba Jonás,
gordo, calvo y ridículo, con un olor de pies y sobaquina, en cuanto empezaba
sudar, que haría las delicias de los representantes de las compañías
de desodorantes y sin embargo le trataba por el nombre de pila como si se conocieran
de toda la vida. Mientras que después de los cinco días que llevaban
allí, él seguía siendo el Señor Gómez.
El gordo continuaba su acoso a la fortaleza que esperaba conquistar, revoloteando,
emitiendo extraños gorgoritos y trastabilleando con la lengua y con los
pies fruto de los efectos de la botella de vino que ya estaba vacía.
Se pusieron a devorar el asado de jabalí mientras una segunda botella
empezó a vaciarse entre las copas.
Viendo Gómez que el gordo aproximaba sus posiciones a la mujer y sintiendo
que no pintaba nada en aquella reunión, argumentó una disculpa,
necesidad de retirarse a sus aposentos y dejó a la pareja que ultimara
los restos de la comida y de las botellas.
Había tomado la costumbre de dirigirse todas las tardes al río
para sumergirse en el frescor de las aguas, después de varios minutos,
regresaba al pueblo. Caminaba por la calle empedrada en dirección al
agua, en el momento en que salía de la casa del pastor Felix, un sacerdote
vestido con sotana. En pocas ocasiones recordaba haber visto a un religioso
de esa guisa. Como no tenían más remedio que cruzarse se dirigió
amablemente a saludar a aquel hombre. Tendría unos setenta y cinco años
con el rostro cubierto de arrugas, la espalda encorvada y una expresión
de seriedad y preocupación emanando de sus ojos. Había en aquella
figura algo que le resultaba familiar, un recuerdo de su infancia, como si le
hubiera visto en una ocasión anterior.
- Buenas tardes padre - se dirigió amablemente al sacerdote.
Este levantó la mirada.
- Es usted nuevo ¿está pasando unos días en Villagozuelos?
- Un mes. Veo que es uno de los pocos habitantes que hay aquí.
- Sólo estoy de paso, he venido a dar la extremaunción a uno de
mis antiguos feligreses, el pastor Félix.
- ¿Tan mal se encuentra?
El rostro del anciano clavó su mirada en Gómez como si intentara
adivinar algún secreto escondido detrás de la cara.
- No creo que dure muchos días, ha entrado el mal en esta casa, como
entonces.
- Hace unos días le vi acompañado de la Guardia Civil y no parece
que estuviera tan enfermo.
- ¿Qué sabe usted de lo que investigaba?
- Creo que habían encontrado una oveja muerta, atacada por un animal.
- Sí, la bestia está suelta. Creo que me voy a recoger unos minutos
en la iglesia para rezar, en estos momentos es lo único que se puede
hacer.
Comenzó a volverse pero se paró un momento mirándole a
la cara.
- Usted debería regresar a casa antes de que se haga noche cerrada y
atrancar puertas y ventanas.
Al llegar la noche, echó varios leños en el fuego, cerró
como le habían dicho el cura y la Guardia Civil. Al mismo tiempo no dejaba
de pensar en los encuentros tenidos: vaya vacaciones donde todas las autoridades
civiles y religiosas el primer consejo que te dan es el de atrancarte en tu
propia casa. Aquí hay algo que no me gusta.
Se arrellanó en el sillón enfrente del fuego y se dispuso a leer
su novela favorita:
" Una lucha sorda se libra entre las dos partes del hombre alobado. Sobre
todo al llegar la oscuridad, la parte animal se revela contra la represión
a la que ha sido sometido por la inteligencia y la razón y pugna por
liberarse. Si durante el día ha mortificado sus apetencias es posible
que venza la parte humana pero si es débil de carácter, la oscuridad
le pilla en campo abierto y brilla la luna llena sobre su cabeza, la bestia
se siente libre y se enseñorea de todo el ser".
Unos golpes en la puerta interrumpieron su lectura. No esperaba a nadie a aquellas
horas. Se detuvo unos momentos escuchando y los golpes se volvieron a repetir
más enérgicos.
- Abra soy yo, necesito hablar con usted
Era la voz inconfundible del hombre de la agencia. Abrió el portón
y le encontró enfrente tambaleándose en un estado que le pareció
lamentable: la camisa desabrochada, el pelo revuelto y una expresión
en el rostro de horror. Temblaba de la cabeza a los pies y apenas articulaba
palabras, sin ser capaz de fijar la mirada en nada en concreto. El olor a vino
que despedía echaba para atrás a cualquiera que se acercara. Gómez
pensó, que la fiesta que había dejado haría seis horas,
había acabado en una borrachera y en el estado que reflejaba aquel gordo.
Le ayudó a entrar, sosteniendo el corpachón de aquel hombre: olía
a orines y excrementos. Según le ayudaba a sostenerse hasta llegar a
la cama se dio cuenta que se había meado y cagado. Cuando por fin se
quedó mirando a Gómez, al mismo tiempo que le sujetaba nerviosamente
empezó a balbucear frases sin sentido: esa mujer, es... es... un monstruo,
hay que tener cuidado... Gómez, es...
De repente se quedó callado y mirando hacia los lados emitió un
sonido de animal herido y cayó desmayado en la cama.
Se asustó, su primer impulso fue acudir en pos de Marta para avisar al
médico. Mientras dudaba que hacer empezó a escuchar el ronquido
de Jonás y la calma volvió al ánimo de Gómez: estaba
durmiendo la borrachera, lo mejor dejarle y ya se despertará mañana,
eso sí, iba aprovechar las molestias que le estaba produciendo para sacarle
otra semana de vacaciones gratis. El no había venido a aguantar las vomitonas
de ningún obeso y salido que en cuánto veía unas faldas
se ponía en estado de erección perpetua y empezaba desbarrar con
historias de mujeres fatales.
Cómo no estaba dispuesto a dormir en la misma habitación se preparó
en el piso de arriba una cama con un colchón encontrado en el sobrao
y se dispuso a dormir pensando en la explicación que le iba a pedir a
la mañana siguiente.
Habría dormido seis o siete horas, ya empezaba a verse la claridad del
día, cuando escuchó el ruido de un hombre que se pone en pie y
la puerta al cerrase. El gordo se había despertado y había abandonado
la casa con la intención de asearse y, esperaba Gómez, darle una
explicación de su comportamiento.
El padre Antonio, como siempre que aparecía por Villagozuelos, ya sea
para asistir algún feligrés o para algún acto de culto
cada vez más escasos, pasaba por la antigua casa parroquial, adosada
a la iglesia y aprovechaba para limpiar, colocar y revisar los libros y documentos
que aún se mantenían y que el paso del tiempo estaba empezando
a deteriorar. Durante treinta y nueve años había sido el párroco
del pueblo hasta que la emigración dejó reducida la población
permanente, a unas pocas familias de pastores que tenían ovejas y a los
turistas o antiguos dueños que mantenían las casas para usarlas
durante el buen tiempo. En el momento actual, ya jubilado de su ministerio sacerdotal,
dejaba pasar el tiempo en la residencia de sacerdotes de la capital pero siempre
que podía y si alguien le necesitaba hacía una escapada a su antigua
parroquia. Allí además de consolar y atender a sus antiguos feligreses,
gente mayor como él, limpiaba la iglesia y la casa y se entretenía
en ordenar libros y papeles que aún conservaba.
Unos golpes en la puerta le sacaron de la lectura de su breviario y antes de
bajar las escaleras para abrir decidió echar un vistazo a ver quien era
el intruso que interrumpía sus momentos de meditación. Miró
por la ventana y vio al turista con el que se había cruzado el día
anterior.
- Ya están aquí los turistas, la gente más insustancial
que esta sociedad materialista, de consumo como dicen ahora, ha creado.
Estuvo a punto de cerrar discretamente la ventana y hacerse el sordo, pero se
dio cuenta de que miraba hacia arriba y no podía fingir que la casa estuviera
deshabitada.
Murmurando sus jaculatorias bajó por la escalera esperando sacudirse
aquel intruso lo antes posible.
- Santo fuerte, santo inmortal, libradnos señor de todo mal, santo fuerte,
santo inmortal, libradnos señor de todo mal.
Descorrió el pestillo y abrió la hoja de pesada madera.
- Y bien hijo ¿alguna necesidad, urgente?
- He visto luz y quería hablar con usted quería preguntarle por
el pastor Félix que visitó ayer para que me informase. Le vi el
otro muy preocupado y quería saber si pasa algo extraordinario.
El padre Antonio miró de arriba a bajo con gesto contrariado a aquel
sujeto. Otro que quería cotillear. Por lo visto no tienen suficiente
con la basura de la televisión y después de buscarse un pueblo
semiabandonado para no ser molestado, se sentía con la obligación
de preguntar por un pastor que maldita cosa le importaba. He aquí los
ejemplares de la nueva sociedad. Sin disciplina, ahítos de comodidades,
comida y carne, se retiraban del mundanal ruido durantes unos días para
volver con más bríos a fornicar y a entregarse a los placeres
de sus más bajos instintos. Se quedaba con las ganas de mandarle con
santas pascuas y darle con la puerta en las narices. Pero el individuo no se
iba.
- Sólo serán unos momentos, no quiero molestarle, como conozco
a poca gente y tengo la sensación de que pasan cosas extrañas,
pues había pensado que podríamos hablar.
- Bueno hijo, aunque usted me vea viejo y chocho o precisamente por eso no tengo
mucho tiempo para perder, así que cuánto antes empecemos antes
acabamos ¿su nombre es...?
Dudó por unos instantes si decirle su nombre de pila, pero como desde
que pisó por aquel pueblo era el señor Gómez para todos,
después de una ligera vacilación dijo:
- El señor Gómez, así me conocen aquí.
- Pase Señor Gómez, pase.
Se aposentaron en sendos sillones ante una camilla, en una habitación
que debía hacer las funciones de la biblioteca. Las paredes estaban ocupadas
por armarios de puertas de cristal, en los cuales se veían cuidadosamente
colocados volúmenes y libros de todo tipo.
- El día que nos cruzamos, usted me recomendó que por la noche
cerrara puertas y ventanas, era lo que pocos días antes la Guardia Civil
me había recomendado. No sé por qué todos están
empeñados en lo mismo. Este es un pueblo de lo más tranquilo.
- Sr. Gómez no es que estemos empeñados en fastidiarle las vacaciones,
usted puede hacer lo que quiera, pero ya sabe las noches despejadas de luna
llena suele hacer mucho frío en esta comarca.
- Si sólo es eso, veo muy consideradas a las autoridades de este pueblo.
Pensé que podía ser porque hay un animal suelto que ha matado
varias ovejas y podría darme un susto.
- ¿Usted qué cree? - dijo el viejo sonriendo socarronamente -
nos interesa la salud de nuestros turistas, es la primera industria de la nación,
cómo no vamos a cuidarlo. Lo qué me parece raro es que venga a
este pueblo perdido de la comarca del Guara y no a las playas a refrescar su
cuerpo y alma.
- Buscaba paz y tranquilidad. Silencio y aventuras de riesgo según me
prometió la agencia de turismo ¿Usted viene todos los veranos?
El cura se quedó en silencio durante unos segundos, mirándole
fijamente.
- Yo no vengo, nunca me he ido. Este es mi pueblo, mi tierra. He sido sacerdote
durante cerca de cuarenta años. Y conozco a mis feligreses como si fueran
mis hijos. Tengo obligaciones con ellos. Por eso estoy, permanezco, aquí.
Gómez capto una cierta cólera en el rostro anguloso del clérigo.
Por unos instantes los ojos brillaros prestos a fulminar al forastero, aquel
consumidor de paz y tranquilidad, como de yogures o hamburguesas.
Un gesto tranquilizador, hizo su aparición inmediatamente.
- Amigo Gómez, no se preocupe. Si usted, se ajusta a su papel de turista
podrá regresar a contar en la oficina lo relajado que se ha quedado en
las vacaciones.
El cura hacía gestos de querer acabar la entrevista por lo que Gómez
se apresuró a lanzar la pregunta que le había traído.
- Y el pastor Félix ¿qué tal se encuentra? Cuando yo le
vi estaba bien.
- Mal, está agonizando.
- ¿Qué le pasó?
Don Antonio se echó para atrás en el sillón, inspiró
fuertemente y mientras dejaba salir el aire comenzó a hablar despacio,
midiendo cada palabra que salía de su boca.
- Pasarle, pasarle, pues no lo sé, eso se lo dirán los médicos.
Lo único que sabemos es que había pasado una noche al raso, vigilando
a sus ovejas. Ya sabe que se habían encontrado varias muertas. La familia
viendo que no regresaba a la mañana siguiente, inquieta, salió
a buscarle, encontrándole en un estado lamentable con los ojos extraviados
y el raciocinio perdido. Deliraba, diciendo palabras inconexas, le metieron
en la cama y su estado lejos de mejorar ha ido empeorando, hasta caer en un
delirio continuo que alterna con estados de pérdida absoluta de conciencia.
Lo curioso es que los médicos no le han encontrado ningún tipo
de herida ni enfermedad. Sólo algunos arañazos propios de las
zarzas y malezas del campo con las que tropezaba en su deambular errático.
- ¿Y usted, qué piensa que ha pasado, padre?
El sacerdote se levantó y mirando por la ventana, después de un
largo silencio habló:
- Yo sólo pienso que existe el cielo y el infierno, este mundo y el otro,
el bien y el mal, Dios y el demonio, el cuerpo con sus instintos animales y
el alma con su deseo de liberación y de conocer a Dios; y en medio, el
hombre, luchando para que la parte espiritual imponga su ley. Pero no siempre
lo consigue.
El cura se volvió para mirar a Gómez que seguía sentado
en el sillón. Continuó hablando.
- Y cuando no lo consigue, qué cree usted que pasa: la bestia sale a
pasear por el campo. Bueno, no se preocupe ya sabe que los de los pueblos son
muy anticuados. Si además somos curas, de los de antes, no se confunda;
pues no decimos más que tonterías, que a una mente moderna como
la suya no tiene nada que enseñar, como mucho algunas leyendas, relatos
folclóricos, nada serio. Vd tranquilo, siga con sus vacaciones, liberándose
del estrés y de la contaminación de la ciudad.
Se despidió del clérigo con la idea de que era un tipo especial,
una de las últimas reliquias del pueblo, incómodo con los cambios
que veía en la sociedad, donde su función quedaba cada vez más
marginada. No era mucho lo que había averiguado y todo parecía
tener una explicación bastante lógica: pasarse una noche a la
intemperie, si encima eras una persona mayor, te puede dar un disgusto y no
sería extraño que alguna enfermedad que ya tuviera se agudizara
empujada por el estado en que se encontraba debido a la muerte de parte de sus
ovejas. Volvió a la casa con la decisión de olvidarse de la gente
del pueblo. No acostumbraba a inmiscuirse para nada en las actividades ni con
la gente del lugar donde veraneaba. Como simple turista, sólo aspiraba
a pasar unos días lejos de las rutinas a las que tenía que volver
a entregarse en cuánto volviera a poner los pies en Madrid: le voy a
pasar por las narices a Jiménez, sus estancias en Marbella de las que
siempre se enorgullece "es el único sitio dónde se puede
vivir" le parecía estar oyéndole; pues el tenía pueblo
en la montaña con tipos sacados de los manuales de antropología
como el viejo cura.
Le quedaba hacer una última visita a Marta, desde la comida no la había
vuelto a ver ni a Jonás, pero mientras no tenía ni idea de donde
residía este, si conocía la casa de ella. Pero lo dejaría
para el día siguiente. Ahora se iba a preparar una modesta pero suficiente
cena y después de un tiempo de lectura se iba a ir a la cama saboreando
el silencio más absoluto y un cierto frescor que la noche ponía
y que hacía muy necesario el aprovisionarse de leña para el fuego
y una manta para dormir.
La mañana era soleada, invitaba a dar una vuelta por los alrededores,
cuando unos golpes en la puerta le indicaron que tenía visita: Marta
apareció radiante con el pelo suelto y unos pantalones vaqueros que le
daban un aspecto de joven que sale de excursión. Cada vez que se encontraba
con ella, tenía la sensación de que era una persona distinta o
mejor dicho la misma mujer pero representando papeles diferentes incluso opuestos,
sería una gran artista de cine o de teatro con una gran versatilidad.
Le picaba la curiosidad de saber como acabó la tarde con el gordo. No
quería ser indiscreto pero por la forma en que lo encontró debieron
tener sus más y sus menos y aunque le molestaba la idea de que aquel
calvo, tripudo y maloliente estuviera liado con aquella mujer, pensaba que no
tenía ningún derecho a pretender atenciones y a molestarse porque
otra persona fuera su pareja, o su aventura veraniega. El no entraba ni salía
en eso.
- Espléndida mañana Jorge - dijo Marta a modo de saludo.
Se quedó de piedra. Aunque desde el primer día le había
pedido que le tuteara y le llamara por el nombre de pila, siempre había
sido el señor Gómez y ahora enmarcada en la puerta y sonriendo
Marta le llamaba por primera vez.
- Aprovechando el hermoso día que hace pensé que te gustaría
que diéramos una vuelta. El día de la comida me quedé un
poco disgustada. Te fuiste antes de que acabáramos y pensé que
a lo peor te habías sentido un poco fuera de juego, por lo exagerado
que siempre es Jonás.
Caminaron hacia el río, hacia la zona donde se estanca y sin perder la
claridad de sus aguas forma unas piscinas naturales que antaño utilizaban
los lugareños para bañarse y que aún hoy día, en
los fines de semana, suele ser frecuentado por habitantes de la comarca.
Veía a Marta como si fuera una compañera de excursión deseosa
de pasar una mañana libre de la vigilancia de profesores y padres, dispuesta
a contar cualquier tontería que se le pasara por la cabeza o hacer las
confidencias que sólo la camaradería permitía. Se sentaron
en unas piedras que bordeaban el cauce mientras sacaba unos bocadillos traídos
para al ocasión.
- Me das envidia Jorge, cuatro semanas de vacaciones y luego otra vez a la capital.
Dónde pasan cosas, no como aquí que no se mueve más que
el viento cuando sopla.
- Pero si aquí lo tenéis todo - protestaba él - todo lo
que desea la gente, tranquilidad, aire limpio, contacto con la naturaleza.
- Sí claro, todo lo que la gente desea... para quince días, para
volver con más ganas a coger el coche, respirar la suciedad y pelearse
con más fuerza con el jefe. Las ganas que tengo, de salir de aquí.
Hablaba de sus deseos de abandonar aquella zona, eso no era vida para una joven.
Jorge intentó llevar la conversación a su relación con
Jonás. Quería saber como acabó la fiesta del otro día.
- ¿Jonás? Trabajo para él. En el fondo es una buena persona,
aunque a veces no sabe parar y hay que fijarle los límites. Sobre todo
si bebe más de la cuenta. El otro día, sin ir más lejos,
me tuve que ir solamente un poco después que tú. Se estaba poniendo
pesado. Allí le dejé, dando los últimos bocados al Jabalí
y agotando las botellas de vino. Supongo que acabaría con una curda de
campeonato.
Cuando los ríos discurren en las zonas montañosas, el agua fría
y clara despierta a la persona más dormida y en el tiempo de verano es
una bendición sumergirse en sus aguas. No habían traído
los bañadores y no pudieron más que meter los pies, chapotear
con las manos y salpicarse gotas de agua entre grititos y risas. Jorge sentía
que había ganado gran confianza con aquella mujer, que la podía
considerar una amiga o colega, pero no tanto como para proponer despojarse la
ropa y zambullirse en aquellas aguas heladas. Se conformó con el juego
de agitar el agua con la mano y esperar a que parara y reflejara los rostros
mirándose en el río.
A la noche se durmió en cuánto se metió en la cama, había
quedado profundamente satisfecho por la excursión de la mañana
y durante aquel día se había olvidado de Jonás, el cura,
el pastor Félix, incluso Jiménez, Flora y todos los demás
comparsas que le esperaban a su regreso en unos días a la ciudad, parecían
figuras lejanas de un escenario al que se podía dar la espalda si fuera
necesario. Tuvo extraños sueños: se vio en medio de un establo
rodeado por todo tipo de animales, de repente una figura vestida con pieles
entraba gritando y con un látigo golpeaba echándoles del recinto,
el hombre llevaba el rostro del cura y él salió corriendo escondiéndose
de los golpes del sacerdote ahora ya vestido con sotana. Se encontró
escondido entre los animales y cuando miró a estos sólo vio la
hermosa mirada de una loba, los ojos brillantes, la boca abierta, el calor de
su resuello, aproximándose. Se quedó hipnotizado, no deseando
más que sentir el poder que emanaba de aquella figura.
Habría dormido fácilmente cinco horas cuando un ruido intermitente
le desveló. Alguien llamaba a la puerta, se quedó unos segundos
escuchando: un grifo. Sí, sólo podía ser el goteo insistente
de un grifo mal cerrado. Se dio media vuelta en la cama: no iba a levantarse
por eso, a la mañana siguiente lo cerraría. Volvería a
coger el sueño. Se había pasado la mayor parte del día
fuera y no recordaba que lo hubiera utilizado en ningún momento. El ruido
seguía golpeando insistentemente de forma rítmica cada vez más
espaciado. Se sentó en la cama: no, el único agua que bebía
era embotellada, había subido suficientes bidones como para no necesitar
en el mes. Sabía que cualquier agua un poco sospechosa le producía
fuertes diarreas, no estaba para bromas. Si no lo había abierto, por
qué estaba sonando ¿una tubería rota? ¿un escape
de agua que no había advertido hasta entonces? Escuchó atentamente:
silencio, a lo lejos lo que le pareció el aullido de un perro, el sonido
se había parado. No volvía. Sí, pero no, ahora estaba seguro,
no era el goteo de un grifo mal cerrado ni un escape de agua, era como una mano
o un palo que rascaba suavemente... en el tejado... no, en una madera: la puerta,
la ventana... se tenía que levantar. Bajó y se colocó detrás
de la puerta, no se oía nada, el silencio era completo. Abrió
sigilosamente, despacio, rogando porque el chirrido de las bisagras no delatase
la maniobra, esperando sorprender algo o a alguien, quizás un gato, un
perro perdido, un jabalí bajado del monte, un curioso o ladrón:
se habían dado algunos casos. Pero no había nada, salió
al exterior, todo estaba en calma. Una ráfaga de viento agitó
las ramas de los olmos que rodeaban la casa, las nubes se apartaron y la luna
media brilló. Regresó al interior y revisó todas las cerraduras
de puertas y ventanas. De repente un golpe seco, como el de un objeto que choca
contra el suelo, se oyó con nitidez. Había sido en el piso de
arriba, en el dormitorio. Agarró uno de los leños del fuego que
no habían ardido y subió corriendo las escaleras. Entró
en la habitación y las ventanas estaban abiertas de par en par, la lámpara
de la mesilla en el suelo. Ráfagas de viento entraban por el hueco, levantando
los visillos a modo de banderas. Miró por la ventana y pudo vislumbrar,
eso creyó, una sombra que se confundía con las de los árboles.
Después sólo silencio. El susto le había desvelado por
completo y pensando que ya no podría dormir decidió bajar avivar
el fuego del hogar y ponerse a leer una de sus novelas. Salió al cobertizo
por más leña y al pasar por el antiguo abrevadero oyó el
goteo otra vez: por la tubería que llevaba el agua una fuga, dejaba caer
una gota que golpeaba en el charco que había debajo.
Se aproximaba el final de su estancia y no dejaba de reconocer que le estaba
sentando estupendamente. El encuentro con Marta, los baños en el río
y los paseos por la naturaleza, le estaban poniendo un color moreno y saludable
que lo iba a poder lucir en la oficina durante meses. Recordaba divertido el
susto de la noche, pero lo que le intrigaba más era el sueño que
había tenido, con el cura y la mirada de la loba. Estaba empezando a
sentirse afectado por el mal de amores y no podía evitar que aquella
mirada lobuna fuera, sin lugar a dudas, la de Marta.
Se dirigió a la casa de Marta con la intención de invitarle a
dar una vuelta y preguntarle si aquella comarca, en algún tiempo, fue
tierra de lobos, si había tradiciones, leyendas escritas u orales que
hablaran de ello. Recordaba la fiesta en la que participó. Todos iban
disfrazados, con motivos de animales principalmente, eso creía recordar.
Por cierto, por qué tenía esa imagen nebulosa del final de la
fiesta. Cierto que había bebido bastante, todos bebían. Pero el
no era bebedor, seguramente se había dejado llevar por el ambiente que
se había instalado y se había desmayado. Recordaba una especie
de tumulto, gente gritando y corriendo y una sombra negra aullando y soltando
improperios al mismo tiempo que golpeaba con una fusta a todo el que se cruzara
en su camino... como en el sueño.
Estaba decidido a preguntarle como había terminado todo aquello. Dobló
la esquina que conducía a la entrada de la casa, cuando vio aparcado
un coche delante de la puerta ¡el coche de Jonás! Por fin aparecía
el gordo. Iba a pedirle cuatro explicaciones aprovechando que estaba en casa
de Marta. Iba a golpear en la puerta cuando unos ruidos le llamaron la atención.
Se paro a escuchar y miró hacia el primer piso. Por la ventana entreabierta
se oían unos gemidos intermitentes de dos personas, como si estuvieran
luchando. Enseguida reconoció la escena: una ola de decepción
y despecho se apoderó de él. Luchando... sólo había
un tipo de combate que produjera ese diálogo. Se lo imaginó: la
cara del gordo, calvo, seboso y maloliente, congestionada y babeando su deseo
sobre ella ¡es un monstruo! Recordaba sus palabras. Los ojos de loba de
ella, clavando su mirada sobre el cuerpo de él, hipnotizando con la claridad
de la luna que reflejaban. Dio media vuelta y se volvió. Las cuatro semanas
se acababan y el sólo había venido a pasar unos días en
un pueblo semiabandonado para poder volver al chocolate con churros de las ocho
de la mañana, a las impertinencias de Jiménez y a las demandas
de Flora sobre los planes para el mañana: que ya estamos teniendo años
y hay que tomar decisiones. Fíjate las entradas que tienes en el pelo.
Ayer me vi la celulitis en el espejo ¡horrible! Marta había sido
parte de ese exotismo controlado que había venido a buscar. Qué
luego se hubiera inventado la mujer animal hipnotizadora, era parte de sus fantasías.
Ahora estaba dándose un revolcón con el gordo de la agencia de
viajes. Todo normal como la vida misma.
A la mañana siguiente se despertó sobresaltado, creía haber
oído la sirena de la policía. Otra vez con sus sueños extraños.
Aquel iba a ser el último día y había que aprovecharlo
esperaba no ver a nadie del pueblo. Lo dedicaría a recorrer los alrededores.
Había zonas que apenas había visitado, el resto del tiempo se
tumbaría en la terraza con sus novelas y dejaría pasar los minutos
lentamente, sin prisas porque acabara, saboreando cada ráfaga de viento,
cada escalofrío producido por la brisa, cada segundo de puesta de sol,
cada estrella que brillara. Un coche pasó delante de la puerta acelerando,
levantando una polvareda.
¡Caray, con los del pueblo! Ahora se dedican a las carreras. Abrió
el balcón y miró hacia el extremo por donde se había perdido
el coche. Varios coches de la Guardia Civil con las luces centelleando, se hallaban
aparcados. De uno de ellos bajaba un hombre de chaqueta y corbata con un maletín.
Una pareja procuraba mantener a los curiosos apartados de la entrada de la casa
de Marta.
Bajó inmediatamente, algo había sucedido. Al llegar a la puerta
le impidieron pasar. Preguntó al primer curioso, un aldeano, por la pinta
que tenía, que no había visto nunca.
-¿Qué ha pasado?
-Un muerto. Don Jonás Santos de la Iglesia, el que lleva las casa rurales
de esta zona, ha muerto repentinamente.
Estuvieron durante varios minutos intentando averiguar que pasaba dentro. Al
cabo de un tiempo salió el hombre del maletín acompañado
por la Guardia Civil, detrás el padre Don Antonio.
- Hernández, quiero que se localice inmediatamente a la dueña,
mañana mismo debe comparecer en el juzgado de la capital a las doce en
punto. En caso de no poder ser localizada será emitida mañana
mismo una orden de búsqueda y captura ¿está claro?
- A la orden señor.
El guardia Civil empezó a dar ordenes a sus subordinados.
No iba a poder sacar nada de las autoridades. Abordó en cuanto pudo al
padre.
- Don Antonio, Don Antonio, quería hablar con usted sobre lo que ha pasado.
El cura se detuvo volviéndose
- Váyase a su casa señor Gómez. Aquí no ha pasado
nada más que lo que pasa a los hombres y mujeres que pierden su dignidad
y se dejan arrastrar por el mal que anida en su carne. Tengo prisa.
- Quiero hablar con usted ¿no podría verle esta tarde?
- Esta tarde a las cinco, en la casa parroquial.
A las cinco en punto llamaba a la puerta de la entrada. El sacerdote se asomaba
y le pedía que empujara. Sentados delante de dos tazas de café,
en una habitación recubierta por estanterías llenas de libros,
el rostro arrugado del sacerdote mostraba preocupación por los sucesos.
- Sr. Gómez, usted quiere saber de la muerte de ese hombre, yo lo que
le puedo decir es que cuando se pierde la dignidad, abandonamos nuestra postura
de guardianes del templo que nos ha encomendado nuestro Señor. La bestia,
el demonio, el otro que llevamos con nosotros mismos, puede salir y dominarnos,
perder nuestra alma y transformarnos en peor animal que los que viven sueltos.
Esto fue tierra de lobos hace tiempo, y hay cientos de historias de hombres
que vivían entre ellos imitando su tipo de vida, luchando contra ellos,
apareándose con las bestias. Cuando creemos que todo vale, que todos
nos está permitido, que hemos venido a gozar de cualquier placer que
se nos pase por la imaginación, suceden casos como los de Jonás.
Usted no ha visto la expresión de horror que había en sus ojos.
Lo que vio ese hombre en el momento de morir no se lo deseo a mi mayor enemigo.
Se dio cuenta que más que contestar a sus preguntas lo que le gustaba
al cura era contar su visión del mundo. Se levantó y se dirigió
a la ventana.
- Sé que la muerte está cerca, y sólo le pido a Dios que
cuando me llegue la hora, me permita disfrutar del viaje eterno. Del placer,
de la satisfacción que supone perder estas cadenas a las que uno está
atado y sentir la libertad de dejar las miserias que nos aprisionan, nos atan,
nos dejan pegados a nuestras inmundicias. Usted no cree en estas cosas - dijo
mirando hacia mí con una sonrisa, la primera y única que vi en
su rostro desde que le conocí - les regalo todo lo que están acostumbrados
a disfrutar, todas sus fantasías como las del pobre Jonás, Sr.
Gómez; sólo por poder ser testigo de ese momento.
En la última noche de vacaciones el Sr. Gómez no podía
dormir. La muerte de Jonás y la desaparición de Marta le habían
impresionado. Al final el pobre gordo, el hombre de la agencia había
tenido razón: volverás cambiado. Recordaría en mucho tiempo
aquellos días. Se levantó, el silencio era completo. Era la ventaja
de vivir en el campo: silencio, oscuridad, noche, estrellas brillando y una
luna llena inmensa llenado con su blancura de leche las sombras de casas y árboles.
Qué mejor que salir fuera llegarse hasta el río y sumergirse en
el agua fría. Sería un tónico de primera. Se llegó
hasta la orilla, la luna reflejaba en las aguas su titubeante resplandor. Se
quitó la ropa y se sumergió en el agua helada. El cuerpo reaccionó
y durante unos momentos se dejó a acunar por el calor que le envolvía,
por el bienestar del que formaba parte, por el silencio negro y amable en el
que soñaba rumor de estrellas sobre su cabeza. Después de aquello
podía volver a enfrentarse con Jiménez, con Flora, con las oposiciones:
hasta puede que le sacara gusto a su vida de cada día.
No sabría decir cuánto tiempo llevaba, cuando creyó oír
un ruido a sus espaldas: una rama partirse, unos pies deslizándose, el
crujido de una hojas aplastadas, el paso furtivo de un conejo, un pato deslizándose
por el agua... hasta una voz salía de entre la vegetación.
- Jorge, Hurón.
Pegó un salto. Le llamaban. Con el apodo de animal que le pusieron en
la fiesta. De repente el estado de alerta se apoderó de su cuerpo. Se
enderezó, contuvo la respiración, aguzó el oído
y escuchó. Alguien estaba allí. Escudriñó las sombras
del río: los árboles, el matorral, las orillas, hasta las ondulaciones
y el brillo de la luna sobre el agua. No había nadie, no había
nada. Sólo diferentes intensidades del negro, roto por la luna rielando.
Detuvo su mirada en una sombra oscura que se confundía con la vegetación.
Saliendo de la oscuridad y avanzando por el agua la silueta de una mujer se
acercaba.
- Hurón, soy yo, Marta.
A medida que se acercaba la figura iba llenándose de tonalidades plateadas.
Sumergida hasta la cintura, con la piel mojada, la sombra oscura iba tiñéndose
de tonalidades, de líneas. El blanco plateado se convirtió en
un violeta que definía los bordes de la piel, salpicada por gotas de
agua. El perfil del rostro se hacía más nítido: frente,
nariz, cara, labios, ojos. Dos ascuas brillaban como carbones encendidos en
el rostro de la mujer. Cuando se juntaron frente a frente, enmudecieron las
bocas, la respiración se hizo más profunda y la mirada brilló
con más fuerza. Se tantearon sin tocarse, midieron la distancia, escucharon,
miraron más allá de la piel, olieron el perfume de los cuerpos
y se fundieron en un abrazo y se dejaron caer sobre el agua. Durante un tiempo
que le pareció una eternidad se sintió llevado por una fuerza
en que se confundían las profundidades del cuerpo con el agua metiéndose
por todos los huecos. Sintió la herida de unos cantos desgarrando la
piel, el ahogo de una boca que le quitaba la respiración, la furia de
unos ojos que le taladraban y al otro, tomando las riendas, lejos de él
mismo. Le querían llevar fuera del agua. El otro decidió retener
el cuerpo que le acompañaba sobre un arenal que formaba el río
en la orilla y donde el agua no les cubría. Allí consumieron la
noche, hasta que la luna dejó de brillar y la oscuridad se hizo negra,
como la boca de un lobo.
Ayer por la tarde vino Flora. Yo estaba intentando poner en orden el informe
que tenía que presentarle al día siguiente a Jiménez. Vino
a recoger los últimos libros y discos abandonados después de años
de convivencia y a anunciarme que era muy posible que para el año próximo
fijara la boda con un chico que había conocido.
- Abogado - me dijo - está empezando, pero tiene las ideas muy claras.
Los libros, dieron paso a los recuerdos, estos llevaron a la música que
volvieron a oír juntos y de aquí a los sentimientos. Acabaron
en un abrazo a modo de último encuentro de despedida. Flora me comentó
que, me encontraba muy moreno incluso con más pelo en el cuerpo. Un pelo
que no dejó de admirar por lo profuso que me había crecido en
todos los rincones y que no recordaba haber visto antes. También se fijó
en los rasguños dejados en mi espalda: los cantos de un río, dije
yo. Ella me miró con una sonrisa cómplice.
-Parece que no has perdido las vacaciones.
Acabamos muy contentos, Flora diciendo, que aunque ya no volviéramos
a compartir la intimidad de antes, ella quería seguir manteniendo la
amistad y que podríamos vernos de vez en cuando. Me había encontrado
muy cambiado, con mucha fuerza. Yo la despedí con prisas, no tenía
ganas de marcharse, quería sacudírmela.
La noche estaba cayendo y hacía calor. Las últimas noticias que
le habían llegado de Villagozuelos del Bosque a través de la agencia
de viajes, parece que lo habían dejado todo claro: el pobre Don Jonás,
había muerto de un infarto, la dueña de la casa dónde se
había producido el óbito, se había presentado inmediatamente
en cuanto supo que le buscaban, explicando que le había dejado en perfecto
estado unas horas antes, cuando se tuvo que ausentar precipitadamente por la
llamada de su tía, en grave estado. Mantenían una relación
sentimental de hace años y habían estado juntos, pero no sabía
que tenía que ver aquello con la muerte de Jonás y con ella misma.
La autopsia no reveló nada extraño y la policía archivó
el caso. Solamente se comentaba en el pueblo que el antiguo párroco,
un cura viejo y amargado, había aumentado la prédica de los peligros
que acechan a la sociedad permisiva de hoy y animaba a sus fieles en los funerales,
misas y cualquier ocasión que se presentase a rearmarse y combatir el
mal: luchar contra la carne, el mundo y el demonio o la bestia como le gustaba
decir, estuviera donde estuviera.
Cuando el calor aprieta y cae la noche, el Señor Gómez deja por unas horas los papeles sobre la mesa, se olvida de la cara hostil y desagradable de Jiménez y hasta de los empujones de Flora y siente la fuerza que le impulsa a salir a la calle. Es posible que se duche con agua fría, en un intento vano de volver a sentirse todo completo y unido en todas sus partes, pero es una tarea que está siempre al borde del fracaso, sobre todo, si es verano, el calor es sofocante, es de noche y en el cielo negro brilla la luna llena...
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