
MARES DEL SUR
- ¡Padre, cuéntame el viaje!
- Ya te lo conté, hijo.
- Padre ¿es cierto que subiendo hacia el norte, se llega a un país
donde los árboles y la tierra ofrecen al caminante todo el alimento que
pueda desear?
- Y aún más, necesidad jamás pasarás. Los ríos
bajan con el agua más pura que hombre haya visto y su solo frescor te
deja satisfecho para todo el día.
- ¿Y es cierto que estuviste en el valle de los gigantes?
- Y tuve que salir escondido con mis compañeros para poder contarlo.
Jamás conocí terror tan grande ante figuras de cinco metros cuya
sola presencia en el horizonte infundía pavor a animales y fieras.
- ¿Y naufragaste en la isla de las serpientes?
- Sí, y tuvimos que estar durante días agarrados a los restos
del barco sin poder tomar tierra ante la presencia de temibles ofidios que desde
la orilla silbaban de forma siniestra.
- Y cuando llegaste al valle de las siete cuevas ¿es cierto que te encontraste
con el gran profeta de la barba blanca que te enseñó el secreto
de la suprema felicidad?
- Me haces sonreír pequeño. Quién te habrá contado
esas historias. Llegué, por cierto, a un valle en el fondo del cual se
abría la entrada de una cueva, era un sitio muy agradable, poblado de
fresca hierba, un lugar para descansar pues se respiraba un aire lleno de aromas.
Después de reposar durante largas horas, decidí penetrar en el
interior. Quién siendo un explorador se puede resistir al embrujo de
una cueva oscura o un pozo de negro fondo. Daba la impresión de estar
como preparada para ser habitada. En el fondo me encontré con la sorpresa
de ver una puerta por lo que supuse estaba ante la entrada de otra cueva. Después
de manipular un resorte que descubrí, pude penetrar. Ésta era
más oscura pero se podía divisar borrosamente unas inscripciones
en las paredes cuyo significado, no pude precisar pero que debían referirse
a algún viaje, cosa, que deduje por el dibujo de un barco grabado en
la pared. En el fondo de esta cueva se encontraba la entrada de la tercera,
la oscuridad era completa, a tientas tropecé con un objeto que era una
espada. Por el aspecto me di cuenta que estaba en muy buen estado por lo que
pensé que había sido usada recientemente. Penetré en la
cuarta cueva, el silencio más sepulcral inundaba la totalidad del espacio.
Hasta los espíritus más aguerridos se hubieran sentido impresionados
por la oscuridad y el silencio. Mis manos reconocieron la calavera de una fiera
o animal gigantesco cuyos restos me eran desconocidos. Seducido y a la vez lleno
de temor ante la temeridad de la empresa busqué ávidamente la
entrada de la siguiente cueva. El espanto y el miedo comenzaron a hacer mella
en mí. Si difícil había sido entrar, más difícil
sería salir, por no decir imposible. Estaba obligado a seguir hacia delante,
continuar la búsqueda de más y más interminables cuevas,
cada vez más oscuras, más silenciosas, más enigmáticas.
Encontré un cofre vacío, en el que había un plano enrollado,
debido a la oscuridad no pude ver el camino señalado. Me puse a buscar
como un loco la entrada de la sexta, pensando con angustia, si no me encontraría
encerrado sin poder salir nunca más. Después de grandes esfuerzos
pude encontrar una grieta, excavé con mis manos frenéticamente
y después de horas de trabajo, extenuado, pude atravesar la entrada.
Cuál no sería mi sorpresa cuando encontré un lugar con
abundante hierba, llena de una luz difusa y de un clima de tal benignidad que
apetecía permanecer allí definitivamente. Y si no hubiera sido
por mis muchos viajes que me exigían partir de allí, me hubiera
instalado con ánimo de quedarme a vivir, pues era tal la belleza, la
comodidad, la bienaventuranza que se respiraba que hasta los espíritus
más burdos, se sentirían iluminados por una bondad y sensibilidad
sin igual en sus almas con la sola presencia en aquel beatífico lugar.
Pero si sorpresa había sido encontrar aquella cueva después de
las precedentes, maravilla, espanto, regocijo y admiración fue darme
cuenta que me encontraba en el mismo lugar por donde había entrado a
la primera.
- Honda reflexión siguió a mi perplejidad y la meditación
tiñó mis siguientes días en los que permanecí en
aquel valle, al que, si yo no fuera creyente, no dudaría en calificar
como el paraíso terrenal en el que vivieron nuestros primeros padres.
- Pero ¿y el viejo de la barba blanca que encontraste y te explicó
las fuentes de la de la sabiduría?
- ¡Ah, pequeño! Eso son leyendas que corren de boca en boca. Cierto
que en los días que permanecí allí tuve los encuentros
más insospechados. Cierto que uno de ellos fue un venerable anciano que
había recorrido las siete cuevas y me explicó el significado de
cada una de ellas, cierto que salí de aquel lugar con la firme convicción
de cuando volviera a mi patria en arreglando las cosas más urgentes haría
el equipaje para instalarme en el valle, cierto que desde aquel día mis
ojos se abrieron ante lo que me rodeaba y mi cabeza conoció el secreto
de muchos enigmas que se pusieron ante mí. Desde entonces aprendí
a no despreciar ningún lugar en el que me encuentre y a conocer todo
aquello con lo que tropiece mi pie. Pero, viejos venerables conocedores de la
fuente de la eterna felicidad. Bueno, es posible. Yo sólo sé que
desde entonces lo oscuro me atrae: las cuevas, los negros pozos de abismo incierto
son un interrogante que a cualquier aventurero que se precie, no podrá
dejar de recorrer aún con riesgo de la vida si fuera necesario. Quién
no se ha sentido fascinado ante lo ignoto, ante el abismo que guarda los secretos
de una cruel batalla o la cueva que guarda el secreto del gran dragón.
Quién no se ha embarcado en ruin velero si fuera necesario en pos de
la isla maravillosa, del desierto encantado o del castillo mágico. Te
digo, hijo; qué no es hombre digno de vivir, quien por miedo a cuatro
cuentos de viejas se quede en su miserable cabaña viendo como se le caen
las paredes y no se lanza por esos caminos de Dios en busca de la aventura.
Y no estoy hablando de héroes ni de dioses, no es que piense que el explorador
no pasará miedo ni angustia ante los peligros que se le avecinan, las
pasará y de eso se trata de salir a afrontar el miedo al camino, buscarle
en el descampado o en las profundidades de la cueva junto al tesoro que nos
espera ¡Qué importa el peligro y el espanto! Si el miedo más
terrorífico no puede venir de serpientes o culebras, ánimas o
duendes, sino del que llevamos en nuestra cabeza entre ceja y ceja. Y si perecemos
en el camino ¡qué importa! Demos la vida por perdida ya. O si no,
es que acaso pretendemos no ver qué nuestro fin ya está dictado,
qué nuestra muerte está señalada en el calendario. Pues
qué nos pille cantando. Qué nos agarre con la espada en la mano.
Qué nos encuentre entre las fauces del dragón o en los brazos
de la sirena. Peligros, angustias, miedos. Naderías ante el único
peligro real que te puede acechar: tú y nada más que tú.
Me río de las brujas y de los hechiceros, de los magos y de los antropófagos,
de los diluvios y de los gigantes. No hay muerte más bella que la que
nos alcance en la cumbre de la montaña o en el valle del reino inmenso.
Demos la vida por perdida: sólo se puede ganar, sólo hay lugar
para el triunfo. Para el triunfo más bello que ser humano puede anhelar:
vencer el miedo. Lo demás nos será dado por añadidura.